Más grave que la inexistencia de justicia es la parodia de justicia. Si en una sociedad se declarara abiertamente que no existe justicia, los ciudadanos sabrían perfectamente que la única regla válida sería la inexistencia de reglas. Por tanto, en ese caso hipotético estaría garantizado el triunfo de los poderosos y a los pobres mortales no les quedaría otra opción que acogerse a la estrategia del sálvese quien pueda. Donde la justicia es parodia, en cambio, la gente común se deja llevar por la ilusión de algo inexistente y llega a confiar en que alguna vez verá respetados y garantizados sus derechos. Demás está decir que en este caso también está asegurado el triunfo del poderoso, pero no aparece de la manera burda y grosera con que se muestra en el primero.
La parodia de justicia permite pedir 80 millones como persona del campo llano y al final recibir 40 (unos tristes cuarenta) como máxima autoridad. El cálculo del lucro cesante determina que esa es la cantidad que dejaría de recibir esa persona-autoridad por la maligna acusación que además le dejó sin sueño y con los nervios de punta. Para llegar a ese resultado hubo que asistir a audiencias (viajando como máxima autoridad, en aviones de máxima autoridad, con séquito de máxima autoridad y guardaespaldas de máxima autoridad), pedir a Chucky-Seven que bata el récord de lectura-escritura veloz y jugar al florón con jueces vestidos de golondrinas. Es la justicia como Dios manda, porque es la que imperará en la corte celestial, adonde llegará por obra y gracia del honor divino del demandante.
También se puede hacer parodia de la justicia para transformar en golpe lo que fue un motín policial mal manejado. Dese ese 30 y durante un año entero, los libretistas fueron buscando los actores apropiados para una trama que iba adaptándose a las necesidades del día a día. El guión se iba armando con personajes que entraban y salían de la escena de acuerdo a los humores y furores de quien está dispuesto a ofrendar su vida en los altares de la patria. Las órdenes de enjuiciamiento y de prisión se comunicaban a viva voz en la apacible mañana de un sábado cualquiera y se las ejecutaba a más tardar a mediodía del lunes. Varios presos, muchos acusados, ninguna prueba fueron los magros resultados de esos procesos que buscaron a los autores intelectuales de algo que evidentemente fue hecho sin una gota de intelecto. Pero, no habrá que extrañarse si para el aniversario se ensaya otra parodia, porque al fin y al cabo para algo habrá servido la metida de la mano.
El problema con la parodia de justicia es que se acaba cuando cruza las fronteras nacionales y llega a un sitio en donde las sentencias no son redactadas en un software pirata. Pero, mientras se mantenga en los límites sagrados y soberanos, ese 30 pasará a la historia como un hecho glorioso, independientemente de la decena de muertos, y los 40 irán graciosamente al bolsillo.