El escritor como delincuente

Miércoles, 31 de Agosto, 2011 - 00h00
31 Ago 2011

¿Cómo deben ser las relaciones de un escritor frente a la tradición literaria de su país? ¿Es mejor la exaltación de lo nacional, la crítica o el distanciamiento? Estas preguntas se derivan de la conferencia que Eduardo Varas dio en la Feria del Libro de Buenos Aires el 3 de mayo, titulada ‘El manto de la invisibilidad’, y la réplica de Francisco Estrella en su artículo ‘Una jugada light’, del 8 de julio, ambos publicados por la revista digital Hermano Cerdo.

La discusión gira sobre términos como invisibilidad, distancia, reivindicación y el concepto ajado de lo light, que en la réplica de Estrella funciona como un a priori sobre lo que sugiere Varas. ¿Y qué sugiere? Para empezar no es una declaración de orfandad ni de parricidio, sino un distanciamiento relativo de la literatura ecuatoriana porque no respondía a las nuevas inquietudes.

También sugiere la necesidad de superar la autocompasión de no haber contado con figuras en el boom latinoamericano (aunque para los mismos autores del boom como Vargas Llosa, García Márquez y Cortázar fueron decisivos autores ajenos a sus tradiciones nacionales como Flaubert, Faulkner o el Jean Cocteau de Opio).

Es cierto que sin conocer la propia tradición se puede llegar a la simplificación mesiánica de que los nuevos serán los fundadores.

Comprendo que esto preocupe a Estrella, pero se exacerba innecesariamente en los adjetivos de su artículo, porque no se han presentado nuevos fundadores –aunque sí escritores prometedores– entre la generación que menciona Varas, y este mismo no cae en el mal gusto de suponerse mesiánicos cuando declara que “no nos interesa ser los grandes narradores del Ecuador”, entendiendo esto como otra categoría de ansiedad que sugiere superar.

Sin embargo, cuando Varas denomina a su generación y a otras como “payasos tristes”, la comparación y el adjetivo irónicos no concretan, y el uso del “nosotros” como portavoz, que Estrella le reprocha con fundamento, tampoco aportan. Varas es generoso al nombrar a algunos escritores nacidos a partir de 1970, pero Estrella advierte que algunos de esos autores –Jorge Izquierdo, Juan Fernando Andrade y Esteban Mayorga– son “un redondo bluff y un completo fracaso”. Estrella, mal asunto, califica sin dar los argumentos que expliquen el “redondo bluff” y el “completo fracaso”, ni los méritos de los salvados. Urge darlos.

La preocupación de Varas, imprecisa o generalista, o con el candoroso empuje de un joven escritor que se abre paso, está fuera de la historiografía y de la pulsión nacionalista. Busca su libertad con lo que puede resultar, a simple vista, incomprensible: apartarse de la tradición porque resulta inoperante. ¿Constituye esto delito? Para la cultura ecuatoriana es, lamentablemente, una afrenta pública –cuántas caras largas para quienes buscan nuevos aires– y lo será hasta que no se supere ese peso fantasmal que he señalado desde años atrás como el “síndrome de Falcón”: cargar a cuestas la representación del país y exculpar las carencias de una obra por un fin elevado o nacional que deje en segundo plano la medianía y la convierta en una seña impermeable de identidad, doblemente intocable. En resumen, demagogia.

Estrella ronda esas coordenadas cuando parece no comprender a Varas y acusa que su postura se debe a que “en el fondo nos avergonzamos de lo que ha sido escrito, no por cómo ha sido, sino por lo que se describe en esos cuentos y novelas ecuatorianos, por aquello que es contado. Porque nos sonrojamos al descubrirnos mestizos, embusteros, escasamente emprendedores, poco ambiciosos, pendencieros siempre y dotados de todo el color local que una literatura de esa calaña gasta”. Pero quien se sonroja, y en el plural que él mismo critica, es Estrella, y no Varas, y en ningún lado da el argumento por el que se supondría el mismo sonrojo en este último.

Asumir la premisa de la vergüenza es saltar a una falacia genética: el origen no determina a toda la especie, sino a unos pocos. Si se acusa a Varas de no haber leído la tradición ecuatoriana como una debilidad para la escritura, ¿dónde encontramos en la réplica de Estrella, como constatación de lo que exije, su lectura de la obra “débil” del mismo Varas, de su novela Los descosidos y del libro de cuentos Conjeturas para una tarde? Urge esto también. Así se entraría en materia y se dejaría de ir por las ramas de las raíces identitarias. En su contrarréplica, El pasado, Varas señala nombres y obras que sí le resultan significativas y establece distancias frente a algún autor que ensalza Estrella.

¿Son definitivos los que este último señala como parte de una tradición central: Montalvo, Palacio, Pareja Diezcanseco, Carrión, entre otros? Podría uno preguntarse por qué esa lista no incluye a Humberto Salvador, Icaza, Adoum, Lupe Rumazo o Iván Égüez, pero esa es la elección y exclusión que pueden realizar tanto el uno como el otro. Ya he contado que lo que una vez me inspiró y liberó para escribir sobre Guayaquil y destruirla en la ficción no fueron novelas nacionales, sino una de Kurt Vonnegut, Galápagos, y otra de Kazuo Ishiguro, autor de origen japonés, titulada Los inconsolables.

Por lo que he podido leer de los jóvenes escritores mencionados, algunos de sus cuentos y novelas dan fe de otras “vergüenzas” nacionales y no son para nada edificantes, y lo hacen a su manera, con sus propios trapos sucios. Recién están empezando, apenas tienen uno o dos libros, y nadie tiene que ir a salvarlos porque a la literatura no la salva nadie, sino unos pocos y buenos lectores. Lo que me incomoda, porque a mí me tocó vivirlo hasta hace muy poco, es que desde ya se les exija una vuelta al orden, al sermón de lo que hay que leer, a los autores nacionales que hay que mencionar y a lo que es o no es respetable escribir.

Es inútil imponer una moral de la génesis literaria y retomar la discusión identitaria como requisito artístico, porque para la literatura no son obligatorios en su realización, gran punto problemático de la libertad literaria. Lo que no se exige hoy en día a Pablo Palacio –otros lo hicieron en su época, como Gallegos Lara, o, aún peor, un crítico posterior como Edmundo Ribadeneira, quien dijo en La moderna novela ecuatoriana que Palacio era “extraño a nuestro medio” y “de ninguna manera hace bien a la patria”– no veo por qué exigírselo a autores que trazan su propia salida al mar por otros afluentes. Navegarán lejos siempre que hagan obras consistentes, sin esperar la palmadita de la dignidad del testimonio de “nuestras” vergüenzas o su edificación enmascaradora. Ningún escritor saldrá a mar abierto si se lo condena a un muelle identitario a la espera de que los lectores lleguen porque las obras son “auténticamente” ecuatorianas y no porque alguien tuvo su propia visión de un lugar inédito.

El escritor como delincuente
Cultura
2011-08-31T15:16:52-05:00
Letras. El ecuatoriano Leonardo Valencia, residente en Barcelona, reflexiona sobre las distancias o los acercamientos de un escritor con la literatura de su país.
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