Los humanos asimilamos muy poco las lecciones de la historia: vivimos persistiendo en el error. Pero la casta de los políticos del poder parece regodearse en la ignorancia y en la antiilustración, pues, casi siempre, hace tabla rasa de lo que otros en el pasado han dicho sobre las implicaciones de la política. Max Weber fue un intelectual alemán que, después de haber participado en una campaña electoral y de no haber sido elegido diputado, pronunció en 1919 una conferencia que llamó La política como profesión. En esa charla hay un aserto vigente: para ser exitoso en política es preciso suscribir un compromiso con el diablo.

Al estudiar los modos en que se establece y se organiza el Estado moderno, Weber se convence de que “el medio específico de la política es la violencia”, pues él es testigo de la reorganización estatal europea después de la primera gran guerra y también del ascenso de los sóviets en la Rusia leninista. En la actualidad ecuatoriana, escuchamos el tintineo de una revolución que es producto de una decisión vertical, por fuera de movimiento popular alguno. No se trata, pues, en nuestro caso, de la violencia armada sino de la iracundia verbal y la belicosidad social con que el poder político fundamenta la conducción del Estado.

En pocos años más celebraremos el primer centenario de esta conferencia. ¿Sigue el aparato estatal recibiendo instrucciones de ese gen de la agresividad? ¿Podrá atenuarlo una política pública revolucionaria? Para Weber, “quien se mete en política, es decir, quien se mete con el poder y la violencia como medios, firma un pacto con los poderes diabólicos y sabe que para sus acciones no es verdad que del bien solo salga el bien y del mal solo el mal, sino con frecuencia todo lo contrario. Quien no vea esto es, en realidad, un niño desde el punto de vista político”. ¿Será el diablo aquella reacción violenta que muchos consideran como una cualidad del dirigente?

¿Cuánto de lo que plantea esa divisa empresarial de la revolución ciudadana como el bien no está coqueteando con el mal? Para suscitar una transformación novedosa, quienes gozan del poder tienen que precautelar que la política se aparte de la cólera. Si algo confirma la comprensión de Weber es justamente la violencia verbal con que las figuras de autoridad de este Gobierno se empeñan en insuflar al discurso político, pues captan la crítica como ataque y, por tanto, responden con brusquedad en los mensajes a la nación, con ferocidad en la rendición de cuentas, con crueldad en la propaganda oficial, con saña en la persecución judicial.

Entregarse de lleno a la política –en estas condiciones en que se menosprecia la teoría y el pensamiento– es desperdiciar alguna otra actividad que redunde en el crecimiento personal y en la paz de nuestro espíritu. ¿Es hora, entonces, de desinvolucrarse de la fogosidad que propone el régimen? ¿Es tiempo de esperar? Weber dijo: “Quien busque la salvación de su alma y la salvación de otras almas, que no la busque por el camino de la política, que tiene otras tareas muy distintas, unas tareas que solo se pueden cumplir con la violencia”. La exigencia revolucionaria para los líderes de hoy es la pacificación.

El poder político del diablo
Los humanos asimilamos muy poco las lecciones de la historia: vivimos persistiendo en el error. Pero la casta de los políticos del poder parece regodearse en la ignorancia y en la antiilustración, pues, casi siempre, hace tabla rasa de lo que otros en el pasado han dicho sobre las implicaciones de la política.
2011-08-25T15:04:13-05:00
El Universo

El director teatral Santiago Roldós (i), el autor Fernando Balseca y la crítica literaria Cecilia Vera de Gálvez, durante la cita.

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