Gonzalo Peltzer

A una cosa sí me atrevo

ARGENTINA |

Jamás me atrevería a abrir juicio sobre lo que pasó en el Ecuador el 30 de septiembre del 2010 porque no soy ecuatoriano y no me gusta opinar de sucesos que ocurren en países que no son el mío. Para colmo, las noticias me agarraron en Buenos Aires y supe lo que pasaba por la televisión y los diarios, como cualquier hijo de vecino de mi tierra. Claro que después me enteré de que gracias a la CNN sabía yo más que mis amigos ecuatorianos sobre lo que había pasado en aquel día trágico.

Tampoco osaría opinar sobre la polémica entre el presidente de la República del Ecuador, a quien respeto con toda el alma, y los periodistas que sostienen que hay otra verdad diferente a la del poder político. Repito que no tengo ni idea de lo que pasó, pero también creo en la buena fe y en la inocencia de unos y de otros, incluso después de que cualquier juez diga lo contrario, ya que lo que se juzga es un delito imposible. Y también creo fervientemente que el poder político y la prensa independiente deben convivir en nuestras repúblicas libres y democráticas.

Jamás hablaría de la demanda del ciudadano Rafael Correa contra la Compañía Anónima El Universo, contra Carlos, César y Nicolás Pérez y contra Emilio Palacio. Respeto su decisión y confirmo que soy de los que creen que los periodistas somos tan responsables como cualquiera por nuestros dichos. También creo que tenemos que rectificar los errores si queremos mantener y acrecentar nuestra credibilidad. Pero asimismo creo que los jueces de esa credibilidad son las audiencias y no un poder político amparado en fueros y con patente de corso para decir lo que quiere y cuando quiere de quienquiera.

No se me ocurriría opinar sobre los periodistas ecuatorianos, pero déjenme que les cuente que hace tiempo opino que los periodistas de otros lugares del mundo últimamente hemos estado mucho más cerca del poder que de la gente. Y también digo que esa es la principal causa de los embates del poder contra la prensa: los hemos acostumbrado a usarnos porque nos hemos dejado usar por ellos. Y cuando me refiero al poder no me estoy refiriendo solo al poder político.

Tampoco quiero hablar de EL UNIVERSO, de su periodismo, de sus editoriales y columnas, ni de su relación con el presidente del Ecuador. Sé, porque me consta y porque lo han escrito así muchos profesionales y profesores, que el periodismo busca la verdad de un modo arduo y a gran velocidad y que esa verdad no es la de los científicos ni la de los jueces ni la de las religiones. Los periodistas llegamos a la verdad a duras penas y después de muchas ediciones de un periódico, de una revista o de cientos de emisiones de noticiarios. Pero eso no quiere decir que no tengamos la obligación de buscarla. Y la seguiremos buscando porque es una ansiedad humana tan fuerte como el hambre.

No me interesa hablar de la justicia en el Ecuador, porque no la conozco ni me atrevo a juzgar a los jueces de ningún lugar del mundo, por más dudas que me quieran infundir sus detractores y sus propias sentencias. No me importa si escriben y leen a velocidad supersónica, si copian y pegan de sitios de internet o si alguien les dicta sus fallos. Estoy convencido de que nada de eso es esencial para que haya verdadera justicia.

Ni se me ocurriría comentar una sola palabra sobre los enlaces sabatinos ni las declaraciones del presidente Rafael Correa, a quien no conozco más que por esos enlaces y discursos, que he visto en directo o gracias a YouTube y a los sitios web del Gobierno ecuatoriano. Confieso que me resultan chocantes los términos que usa para referirse a las personas que no piensan como él, así sean políticos, aborígenes, policías, periodistas, pastores evangélicos, empresarios, ministros, empleados, pilotos de helicóptero, mayordomos, jueces, autoridades elegidas por el pueblo, actores de cine y santos de los altares. La convivencia y el respeto entre personas que piensan diferente es la misma esencia de la democracia.

Sí me atrevo, en cambio, a dar un solo consejo –y con todo respeto– al presidente Rafael Correa. Conozco bien y hace años a Carlos, César y Nicolás Pérez y no tengo ninguna duda de su honestidad y honradez y de su pasión por la verdad, como no la tengo de su inocencia en todo este episodio. Por no tener ninguna de esas dudas tampoco la tengo de la injusticia que supondría condenarlos por un delito que ni han cometido ni han querido cometer. Nunca.

Si no sirvieran estas razones, hay otra. Condenar a inocentes es el peor error político de una persona constituida en autoridad. Y me atrevo al consejo porque esto es así en el Ecuador y en la China. El presidente Rafael Correa está cometiendo ese error, el que se paga más caro de todos, con cantidades ingentes de capital político.