Conciertos por las fiestas al ritmo de la salsa y los botellazos

Jorge Martillo Monserrate
.- Una fiesta, pero sin la cereza de la torta, más bien con un sabor agridulce y violento. Así fue el concierto gratuito del sábado, organizado por la Municipalidad para festejar las fiestas julianas al ritmo de la salsa.

El escenario: los exteriores del Instituto Superior Guayaquil -Machala y Gómez Rendón-. Los invitados: los Hermanos Lebrón de Puerto Rico; Hansel Camacho de Colombia; Adolescentes Orquesta de Venezuela; y Afro y Son por el lado de Ecuador.

La cita era a las 20:00, pero comenzó mucho después y con problemas de sonido. El espectáculo era gratuito y el público llegó masivamente, algunos estaban hasta la altura de la calle Huancavilca.

A cielo abierto, esas calles olían a carne en palito, chuzos y otros bocados criollos. No faltaban los vendedores ambulantes que ofrecían botellas de licor fuerte y también en vasos plásticos espuma de cerveza para calmar la sed de miles de salseros dispuestos a rumbear sanamente. El escenario contaba con la pantalla gigante que siempre está en el frente de esa institución y además con dos laterales. Desde un poco antes de las 20:00, el público se había instado en las cercanías del escenario.

La mayoría convocados, más que nada, por la legendaria orquesta de los Hermanos Lebrón, originarios de Puerto Rico pero radicados en Nueva York, de larga trayectoria artística, haciendo salsa desde hace 44 años, con alrededor de 30 discos y un sinnúmero de éxitos como Qué pena, Salsa y control, Diez lágrimas, Sin negro no hay guaguancó, etcétera.

Creadores de una salsa que se la escucha, se la baila, se la piensa y se la siente en lo más profundo, ellos fueron los primeros en presentarse. Luego arribó al escenario Hansel Camacho y animó la noche con su salsa romántica con temas como Cuando estoy junto a ti, A mi manera, Tu fidelidad y especialmente Eres: "Muchacha, me cautivas, me enloqueces y estás en mi soledad/ Temo decirte lo que siento porque temo que me rechaces/ Muchacha, tú eres como una palabra y estás en mi soledad/ Pero al final de cuentas/ Siento que te quiero y me abraza/ Me confunde el pensamiento/ Muchacha...".

A esas alturas de la rumba, unos gritaban vivas a Guayaquil, otros bailaban sobre el asfalto. Era el caso de Nemencio Merchán y su grupo mixto que habían llegado desde el barrio Garay "a marcar el paso con la gallada y a ver a los Lebrón".

A las 01:30, antes de la participación de Adolescentes Orquesta, la fiesta, por un momento, comenzó a convertirse en una batalla campal con intercambio de insultos y botellazos en las calles Machala entre Brasil y Cuenca. Algunos precavidos empezaron a irse.

La policía intervino, calmó los ánimos y varios agentes se infiltraron entre el público. Pero el ambiente estaba tenso, todos recordaban los violentos incidentes ocurridos el año anterior en este mismo lugar.

La salsa y energía juvenil de los cuatro cantantes venezolanos de Adolescentes inyectó alegría y romanticismo con los temas En qué lugar, Confesiones, Se acabó el amor y el popularísimo Me tengo que ir, que fue cantado a gritos por el público más joven: "Me tengo que ir/ y no es por mí/ contigo está mi corazón/ tomó el amor de mis entrañas/ de mi pecho y de mi alma/ algún día volveré a estar aquí./ Me tengo que ir/ así es la vida y tiene desilusión".

Antes de que los venezolanos terminaran su intervención, se reanudó un enfrentamiento de insultos, golpes y botellazos entre grupos belicosos -algunos comentaban que eran pandilleros-. Personal de la Policía los desalojó hacia la calle García Moreno y apresó a algunos que fueron embarcados en un camión estacionado en la gasolinera Petrocomercial de Brasil y Machala.

Pero el público ya se había ido -más bien huido- hacia el norte, a lo largo de la avenida Machala. A las 02:45 fue cuando desde el escenario Mayra Montaño, la Bombón, anunció que se terminaba el espectáculo.

Al instante, el escenario quedó a oscuras, las calles inundadas de envases plásticos, desperdicios y vidrios rotos. Solo vi a una chica a la que le sangraba un pie por un vidrio roto. Fue cuando Juan García yéndose con su novia dijo: "Así no se puede, debería haber más policías entre el público". Fue cuando un gendarme, viendo a unos rezagados libando, ordenó a sus subalternos: "A ver, ya es domingo, quítenle la botella".

Ya era domingo, pero reinaba la noche y solo restaba retirarse recordando a los Hermanos Lebrón: "Debes saber que aquellos errores/ Tú los tienes que pagar/ No quiero causarte dolor/ Pero como yo, tú lo tienes que sentir/ Eso no se llama injusticia/ Eso sí se llama vivir/ Qué pena me da/ Qué pena/ Qué pena me da/ Qué pena/ Qué pena me da". Qué pena, Guayaquil. Qué pena nos da.