Domingo 05 de septiembre del 2010 Comunidad

Indígenas se preparan para olvidarse de la huella digital

Maribel Benítez

/data/recursos/fotos/gg01a050910-photo01_228_168.jpg

Los martes y miércoles de cada semana cerca de 20 adultos acuden desde las 15:30 al centro de alfabetización que funciona en el templo Estrella de Belén.

“Mis padres decían antes: ‘Los estudios no son para las mujeres, salen con la barriga, son para la casa, la cocina; los varones sí (van a la escuela)’”. La frase se viene a la mente de Josefa Tuabanda, quien a los 12 años se dedicó a arar en el campo y a los quehaceres domésticos en su natal provincia de Bolívar.

Hoy es madre de cuatro hijos y habita en el bloque 1 de Bastión Popular, sector del norte de Guayaquil. En sus manos ya no sujeta los azadones que usaba de niña para preparar la tierra, sino un lápiz y el cuaderno donde ha dibujado por primera vez, a sus 60 años, las vocales. “Ahora siento alegría y como si mi mente se abriera”, dice con timidez Josefa. Ella confiesa haber llorado cuando casi se pierde por haber tomado buses equivocados porque no distinguía los números ni las letras.

Desde abril Josefa recibe clases de alfabetización los lunes, miércoles y viernes de cada semana en la escuela particular Tía Vicki, en el mismo sector donde habita. De 18:30 a 20:30, su maestra, María Pincay, le enseña junto con otros 10 adultos, la mayoría mestizos, los trazos para escribir su nombre o cuántas provincias tiene el país.

La jornada de estudio está dentro del plan de emergencia del proyecto Dolores Cacuango (líder indígena), uno de los ejes del Programa Nacional de Educación Básica para Jóvenes y Adultos del Ministerio de Educación que se inició en el 2008.

La alfabetización, en español y quichua, va dirigida a los analfabetos puros (que no saben leer ni escribir) de las comunidades indígenas y “a quien tengan deseos de aprender”, dice Ramón Chacaguasay Caco, coordinador del programa.

Este año, la Dirección de Educación Intercultural Kichwa de la Costa y Galápagos inició el plan de emergencia en tres grupos: En Guayas, arrancó el 13 de abril. El segundo empezó el 8 de mayo en Guayas, El Oro y Manabí. Y la tercera fecha fue el 12 de junio, en Guayas, Los Ríos, El Oro y Santa Elena. Unos 420 adultos (solo 1% es mestizo) son alfabetizados por 33 educadores comunitarios.

Chacaguasay señala que los templos evangélicos, donde se reúnen los fines de semana, fueron la guía para localizar a los participantes, pero la tarea no fue fácil. “Debimos ir dos, tres y hasta cuatro veces, insistir hasta convencerlos, mostrarles los libros y cuadernos”.

Cada grupo recibirá clases por 6 meses, lapso que dura el plan que empezó sin presupuesto. Según Martha Yuquilema, directora de Educación Intercultural Kichwa de la región, hace 15 días llegaron los recursos económicos ($ 25 mil) para pagar a los docentes.

La motricidad manual (trazos y rasgados) para que puedan sujetar el lápiz es parte del aprendizaje inicial. Así lo señala Ana Franco, parvularia del centro intercultural bilingüe Atahualpa. Ella dedica las tardes de los lunes y martes de cada semana a enseñar a un grupo de mujeres indígenas en Durán.

Su aula es la terraza de la vivienda de Petrona Guacho, en las escalinatas de San Luis, colindante al cerro Las Cabras. Un tablero de fórmica es su pizarrón y en uno de los pilares sin enlucir están pegadas las vocales y los números del uno al ocho escritos en quichua. El sol cae la tarde del pasado martes y Petrona, de 52 años; Carmelita Cujilema, de 72; Rosa Quitio, de 41, y, Juana Cujilema, de 43, se alistan para las clases.

“Allichischi, mashikuna (bienvenidas, compañeras)”, saluda la maestra a sus alumnas que colocan sobre el mesón el cuaderno y el libro Yachay Mallki (Nuestros Derechos). “Me gustaría leer periódico, poner mi nombre y firmar, ojalá no se lleven a la Anita”, expresa Rosa. Lo mismo desean sus compañeras, que al igual que ella, se levantan todos los días a las 03:00 para ir al mercado de Durán y vender legumbres.

Ana Franco recibe apoyo de Rosario Macancela, maestra de manualidades. Ha descubierto en este grupo de mujeres la habilidad que tienen para tejer bolsos, monederos y carteras. A ellas se ha unido Targelia Valencia, quien pese a sus 86 años edad tiene deseos de estudiar. Las mismas ganas que siente Recciona Guamán, comerciante, quien desea sacar su cédula ya no con la huella digital sino con su nombre. Ella recibe clases con otros 25 adultos en el templo Estrella de Belén, de José Mascote y Huancavilca. Una oportunidad que no tuvo cuando era pequeña, al igual que Benedicto Pilco, de 75 años. “Nunca fui a la escuela”, comenta. Él dice que en el centro de alfabetización, en el templo de la coop. Voluntad de Dios, está aprendiendo a escribir y a conocer nuevos amigos.

0000BPE

Diseño

© Copyright 2009. Compañia Anónima EL UNIVERSO. Todos los derechos reservados.