La oposición quedó desconcertada. El Gobierno empleó una estrategia (como la califican sus voceros) genial: dilatar la discusión de la ley de hidrocarburos, escamotearla, impedir su análisis mediante sucesivas argucias y, por último, encerrar a los miembros del bloque de Alianza PAIS en los altos del Palacio Legislativo, con Alexis Mera y Ricardo Patiño como cancerberos.
El ministerio de ley hizo lo suyo y el Presidente de la República salió triunfante.
Y está bien: así es la política. Así ha sido siempre: un juego de artimañas en el que, quien mejor las emplea, resulta victorioso.
El Primer Mandatario, hombre de temple, de carácter férreo, de verbo fluido y lengua latigueante, incansable, insomne, manda. Manda no solo sobre los funcionarios que tienen la obligación de obedecerle, sino también sobre aquellos que no son, que no pueden ser sus subalternos, pero que han devenido en sus más fieles, leales y obsecuentes servidores. Por eso, con ojos humedecidos y voz transida de emoción, el Presidente de la Asamblea calificó como “glorioso” al día en que, con la sola estrategia planeada por el Ejecutivo, entró a regir la Ley de Hidrocarburos.
¡Oh gloriosa gloria la falta de debate, el silencio, el sometimiento ciego a la voluntad del Primer Mandatario! ¡Oh gloria gloriosa el haber convertido al Parlamento en una oficina de mera –nunca mejor empleada esa palabra– tramitología!
Y tiene razón el Presidente de la Asamblea: en política cuenta es el resultado. Ganar lleva a la gloria.
Y a esa gloria nos encaminamos todos y todas (según la gloriosa verborrea empleada en la Constitución) conducidos por un líder que no entiende otras razones que las propias y que busca imponerlas a como dé lugar, con ley o sin ley, contra la ley, sobre la ley: lo que interesa es que sus deseos se cumplan. Si para eso tiene que trastocar la realidad y atribuir todos los males de la república al pasado, hacer tabla rasa de las instituciones y menoscabar la dignidad de aquellos que se le oponen, ¡qué más da! Al fin y al cabo, la gloria no puede detenerse en minucias, pararse en pequeñeces ni desviarse por senderos pedregosos y estrechos.
De la mano de líder vamos, pues, hacia la gloria y por eso tendremos otros muchos días en que, absorta, la oposición quedará sin respuesta ante las acciones que se mueven al filo de inconstitucionalidad, cuando no caen al abismo de la arbitrariedad y el desenfreno. Esa gloria, empero, no nos coge de nuevo porque ya la vivimos antes, con aquellos otros mandamases que, igual este, dividieron a los ecuatorianos en dos bandos: los patriotas que le siguen y los antipatria, que son todos aquellos bastardos que osan oponérseles.
Sin someterse a las leyes, con una Asamblea sumisa y temerosa, sin nadie que fiscalice, con varios medios de comunicación a través de los cuales se difunden los eslóganes del régimen y se magnifican sus ejecutorias, con la descalificación constante de la prensa y el afán de poner bozal a los periodistas, con un Mandatario que no escucha a quien piensa diferente, el proyecto de revolución ciudadana, prevalido de esas geniales estrategias que van surgiendo al azar de las circunstancias, ha llegado a transformar la democracia en autocracia.
¡Esa es su gloria!