- JUL. 24, 2010 - Foto - Familia - EL UNIVERSO
Vista interior del Castillo Pittamiglio en la rambla montevideana, que lleva un siglo cautivando a vecinos y turistas con siniestras esculturas, torres desparejas y leyendas.
Fachada del Castillo Pittamiglio cuyo dueño fue un excéntrico alquimista que, aunque lo legó a la ciudad, prometió en su testamento volver a morarlo después de resucitar.
En la rambla montevideana, el Castillo Pittamiglio lleva un siglo
cautivando a vecinos y turistas con siniestras esculturas, torres
desparejas y leyendas sobre su difunto dueño, un excéntrico alquimista
que, aunque lo legó a la ciudad, prometió en su testamento volver a
morarlo después de resucitar.
Puertas que no conducen a ninguna
parte, ventanas ciegas, símbolos ocultos e inquietantes pasillos
laberínticos: todo en él parece esconder un misterio, aunque el mayor
de sus enigmas sigue siendo su arquitecto y morador, el ingeniero y
alquimista Humberto Pittamiglio (1887-1966), hijo de emigrantes
italianos.
En 1910, el joven Pittamiglio, de 23 años, compró unos
terrenos en Punta Trouville, frente al Río de la Plata, para asentar su
casa, su laboratorio y su templo.
Desde entonces, cientos de
leyendas han rodeado al castillo, donde se llegó a decir que estuvo
escondido el Santo Grial y donde, según los vecinos, se llevaban a cabo
ritos satánicos y grandes orgías.
Aún hoy, flanqueado por dos
anodinos edificios de apartamentos, despierta pasiones encontradas
gracias a un estilo arquitectónico imposible de clasificar que asoma
desde su fachada, en la que se mezclan una réplica de la escultura de
La Victoria de Samotracia, muros de ladrillo y símbolos masónicos
grabados en piedra.
"Su padre era zapatero y su familia, muy
pobre, pero él consiguió prosperar hasta convertirse en un prestigioso
arquitecto", explicó a Efe la escritora uruguaya Mercedes Vigil, autora
de un libro sobre Pitamiglio titulado "El alquimista de la Rambla
Wilson".
Fueron su carácter reservado, su inclinación por lo
esotérico y su ferviente religiosidad los que le llevaron a abrazar el
arte de la alquimia, una antigua práctica que transforma los metales en
oro y que encierra una filosofía basada en la búsqueda de la
inmortalidad a través de la pureza del alma.
"Los vecinos le
temían, porque le veían pasear a altas horas de la madrugada con su
larga capa de forro carmesí", recordó Vigil, quien como oriunda del
montevideano barrio Punta Carretas, donde se ubica la edificación, oyó
desde joven las historias que del lugar se contaban.
Se le
achacaron cultos satánicos, pero en realidad lo que en su casa se
fraguaban eran experimentos con metales, estudios de química y
matemáticas, y una búsqueda constante a través de la meditación de la
luz que le daría la juventud eterna.
"Era muy cristiano y llegó a
ser muy amigo del Papa Pio XII, de quien se dice que le dio el Santo
Grial para que lo guardara en su casa", agregó la escritora sobre uno
de los mitos.
El interior de su castillo, donde en la actualidad
funciona un centro cultural y en el que se realizan visitas guiadas,
"despierta toda clase de emociones a quienes lo visitan", remarca la
directora del centro, Patricia Olave.
A cada paso, el visitante se
encuentra con símbolos ocultos, escudos camuflados e imágenes
fantásticas, imposibles de descifrar y entender sin la ayuda de un
experto.
El número ocho, la flor de lis, el cuadrado, el círculo y
el octágono, todas ellas figuras y signos significativos para la
alquimia, están a la vista en baldosas y ventanas, pero también ocultas
entre los ladrillos, codificadas en los frisos y latentes en los
escalones de la mansión.
"La alquimia es en sí misma un arte
oculto, secreto y por eso se sabe sólo una parte de lo que hay detrás
de sus símbolos", afirmó Olave a Efe.
Pittamiglio encontró que ese
aspecto de la alquimia casaba también con su estilo de vida, marcado
por la necesidad de esconder su homosexualidad ante una sociedad de
principios de siglo XX especialmente conservadora.
De su casa
Humberto logró hacer un templo donde se dedicó a buscar la paz que
ansiaba, aunque para ello pasó prácticamente toda su vida ideando y
construyendo en él nuevas salas, torres y patios.
"El castillo
nunca se terminó, siempre se siguió construyendo, creándose nuevos
ambientes y plantas", señaló la directora del centro cultural.
Tal
vez por eso Pittamiglio, que diseñó su propia tumba para que una vez
cerrada no se pudiera reabrir, dejó escrito en su testamento que al
resucitar regresaría al edificio para vivir de nuevo entre sus paredes
y, quizá, finalmente terminarlo.