Lunes 28 de junio del 2010 Medio Ambiente

Fundas plásticas sacan buena nota en ecología

Utilizar más de una funda plástica durante las compras ya no debe estresar, pues según Mike Berners-Lee, autor del libro ¿Cuán malas son las bananas? El costo de las emisiones de todo, estas ya no son tan dañinas para el planeta. Así lo señala en internet el sitio bbcmundo.com.

Por años hemos escuchado, y hasta cerciorado, que las fundas plásticas ensucian las calles, invaden ecosistemas y provocan daños en la vida silvestre. No obstante, esto debe ser la menor de las preocupaciones porque lo realmente importante, anota el escritor, es reducir las emisiones de carbono (elemento químico sólido y no metálico que se encuentra en todos los compuestos orgánicos y en algunos inorgánicos).

A nivel individual, es posible aportar con solo cambiar algunos hábitos. Pero, las consabidos recomendaciones, como tratar de no acumular innecesariamente fundas de plástico o evitar el uso de secadores eléctricos, no resultan tan valiosos ni eficaces para el ecosistema como se pensaba, anota Berners-Lee en su obra.

En medio de tantos debates agitados sobre la huella de carbón de todas las cosas, es fácil sentirse culpable por todo o sencillamente rendirse y olvidarse del asunto.

Reducir las emisiones de dióxido de carbono es, para muchos expertos, la clave para frenar el cambio climático. Pero calcular cuántas emisiones genera un producto es una tarea extremadamente compleja.

Igualmente, es posible dejar de preocuparnos en extremo, al menos sobre ciertos productos o actividades que no son tan malas como se pensaba.

En ¿Cuán malas son las bananas? El costo de las emisiones de todo, Berners-Lee señala una lista de la huella de carbón de algunos productos:

Los secadores de mano eléctricos, indica Berners-Lee, resultan mejores que las toallas porque ahorran la energía que se consumiría lavándolas y producen entre 3 y 20 gramos de dióxido de carbono (CO2e) por uso. La huella de carbono se compensa con la reducción en el uso de los servicios médicos, ya que al no utilizar una toalla que puede estar contaminada por gérmenes, se corre menos riesgos de contagiarse de algo.

Taza de té o café: A 20 g de CO2e por taza de agua caliente (calentada en una tetera eléctrica) no hace falta privarse de una taza de café, té o chocolate caliente. Lo mejor es calentar solo la cantidad necesaria. Lo cierto es que agregarle leche al té o al café duplica la huella de carbono de la bebida, pero si eso es un gusto que le hace feliz, disfrútelo sin culpa.

 Manzanas importadas que han viajado unos 18.000 km: Esta fruta que llega desde Nueva Zelanda a países como el Reino Unido posee una huella de carbono bastante baja. Por tanto su consumo no resulta prohibitivo, al contrario, contribuye con la salud.

Además, por viajar en barco, lo cual es cien veces mejor que un avión, una manzana de Nueva Zelanda genera 100 g de CO2e. Lo mismo sucede con las naranjas o las bananas. Por supuesto, consumirlas de estación y locales es mejor.

Consumo televisivo: Estar una hora frente a una pantalla de plasma de 1 metro, equivale a un viaje de 1,5 km en un carro eficiente (220 g de CO2e). Además, si mira televisión en una pantalla chica es mejor.

Beber una buena botella de vino produce cerca de 1 kg de CO2e y aunque se consuman tres botellas por semana, el impacto será de cerca del 1% de la huella anual típica, que es de 15 toneladas. Para reducir esto a la mitad, sin comprometer la calidad del vino, lo mejor es comprarlo en envases de cartón. El vino es pesado para transportar, por eso lo aconsejable es consumir aquel que viene de regiones cercanas.

Se estima que el método de la cremación representa menos de la diezmilésima parte de la huella de carbono de una persona durante toda su vida, con 80 kilos de CO2e.

 Un año sin trabajar y viajando no es necesariamente malo. Siempre y cuando se viaje con un presupuesto limitado, comprando solo lo necesario y desperdiciando casi nada, lo cual suele suceder. Esto aumenta la huella de carbono en estas salidas son los vuelos. Unas 5 toneladas de CO2e lo pueden llevar por el mundo en clase económica, parando en algunos lugares claves.

Quedarse con un carro viejo tampoco es una mala idea. Un auto nuevo tiene una huella de carbono de entre seis toneladas (un Citroen C1) y 35 toneladas (un Landrover Discovery, por ejemplo). Por eso, si su vehículo viejo está en buenas condiciones, es confiable y no tiene demasiado kilometraje, la mejor opción desde el punto de vista de las emisiones es conservarlo y no desecharlo. Pero si lo que le hace falta es un nuevo símbolo de estatus, invierta el dinero que le sobra en paneles solares o en una turbina de viento.

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