Castigos dolorosos de la justicia indígena

“Nunca más voy a robar; no señor, nunca más voy a coger borregos”, afirma Joaquín Aules, de 41 años, recostado en una rústica cama, con claros síntomas de dolor.

A cinco días de haber sido procesado por la justicia indígena, en la comunidad Cochapamba, parroquia Cangahua, de Cayambe (Pichincha) aún no ha podido levantarse de su cama, por el malestar. “Me duele todo el cuerpo”, dice, mientras apoya el brazo en su cabeza. Joaquín, quien trabaja en el campo sembrando cebollas, no ha podido labrar la tierra. Así, la pobreza se apodera sin piedad de su amplia familia (esposa y seis hijos).

El 14 de marzo pasado llegaron a su casa dos gendarmes y lo aprendieron acusándolo de haber robado 10 borregos de los predios de su patrón, Manuel Vallejo. Durmió tres noches en los calabozos de la Policía de Cayambe, pero los dirigentes de la Corporación de Organizaciones Indígenas y Campesinos de Cangahua reclamaron al acusado para juzgarlo en su ley.

Al siguiente día, varias decenas de indígenas se reunieron en la escuela-finca Cochapamba para determinar la culpabilidad de Joaquín. En medio de la multitud, una voz firme sostenía que el artículo 171 de la Constitución amparaba el proceso, mientras Martha Cholango, miembro del jurado, revisaba la Carta Magna. Tras la audiencia se lo declaró culpable y el castigo consistió en pagar 1.000 dólares, caminar desnudo hasta el canal Guanguilquí (2,5 km) con un borrego envuelto en ortiga (planta que causa picazón). Al pie del canal debía ser bañado y ortigado.

María Tugulinago, cuñada de la esposa de Joaquín, renegaba de la sentencia, pues el pago de $ 1.000 resulta desmedido, sobre todo si se toma en cuenta que el jornal en la zona fluctúa entre 6 y 8 dólares diarios.

En el sitio de castigo, el viento helado azotaba con fuerza la piel desnuda de Joaquín. El no oponía resistencia. Solo juntaba las manos como pidiendo perdón. El primer balde de agua fría mojó sus hombros y un manojo de ortiga castigó su espalda, hombros y piernas. Los castigadores no daban tregua mientras el agua corría por su cuerpo.

De repente, Clara Cuyago se interpuso para salvar a Joaquín, envolviéndolo en una chalina celeste y sacándolo a la fuerza del sitio, con la ayuda de la Policía. El calvario terminaba. El hombre dice ahora que no fueron diez borregos, sino cuatro, que se los llevó por necesidad. A tres los mató para vender la carne, pero no pudo hacerlo, por temor a ser descubierto y optó por dar la carne a los perros.