Nos asustamos y lamentamos cuando conocemos por la prensa de maremotos, terremotos, fuertes inundaciones, deslaves, incendios forestales, erupciones volcánicas, y más desastres producidos en otros países, por la propia naturaleza.
Creemos que a nosotros nunca nos ocurrirá algo así; cuanto más, que unos ríos se desbordan o que unos cerros se derrumban por las lluvias, o que un volcán por ahí arroja cenizas; pero la situación no llega a mayores consecuencias catastróficas, y por eso seguimos tan tranquilos. Hemos pasado algunos fenómenos El Niño, La Niña, etcétera; se toman medidas “parches” o rápidas ante las emergencias, como evacuar en ciertos sitios a los damnificados, llevarles algunas vituallas, víveres, declarar en emergencia las zonas afectadas; y terminó el asunto. Pero Ecuador no tiene un plan nacional de emergencia para enfrentar desastres naturales, con dinero y toda la logística económica, científica, institucional... de parte del Gobierno, para que coordine con entes nacionales y extranjeros en casos de desastres naturales. Todo en Ecuador se improvisa; se conocen los problemas y se espera que la desgracia ocurra para recién pensar qué se va a hacer. Se sabe que Ecuador está en la franja de los países de alto riesgo de sufrir un posible terremoto de alta magnitud, pero seguimos sin inmutarnos.
Tantos ministerios que se inventan, tanta plata que se gasta en publicidad política, gabinetes itinerantes, sueldos a la burocracia; ¿y no hay profesionales, recursos, voluntad ni presupuesto especial para armar y mantener un plan de Estado para el tema de los terremotos y demás desastres naturales?
Isabel de García,
Guayaquil