Diario EL UNIVERSO, en su edición del 28 de febrero, publica un reportaje sobre la debilidad de la legislación ecuatoriana contra el delito de lavado de capitales que financian el terrorismo, y analiza con precisión el proyecto de ley pertinente que en mi calidad de Presidente de la República envié al Congreso Nacional en julio del 2006, y que no recibió el trámite constitucional por parte de esta función del Estado.
El ex presidente del Congreso, doctor Wilfrido Lucero Bolaños, en declaraciones a este Diario el 3 de marzo, exhibe como excusa de su incumplimiento “la falta de gestiones” de mi gobierno ante el Legislativo. Según la misma fuente, el doctor Lucero añade que “cuando un gobierno tenía interés en la aprobación de una propuesta, realizaba gestiones ante el Parlamento, pero ello no ocurrió”. Señala además que entonces no existía el GAFI y que no se conocían los peligros del terrorismo. Dichas declaraciones y disculpas revelan la vieja irreverencia por el mandato constitucional de algunos sectores de la partidocracia, y se convierten en una radiografía precisa de la moral política de la época. El presidente del Congreso estaba obligado a iniciar el trámite del proyecto, distribuirlo a todos los diputados y a demandar el informe de la comisión correspondiente, para que el Congreso realice el primer debate. El presidente del Congreso no tenía que esperar gestión alguna de mi parte. Él tenía que cumplir la Constitución.
El interés del Presidente de la República y la necesidad imperiosa de la ley estaban claramente señalados en la exposición de motivos que antecedía el proyecto que envié al doctor Lucero, y forman parte de los registros de la historia del país. El problema radica en que la paleopartidocracia se acostumbró a esas “gestiones” personales y extracurriculares para negociar la aprobación de leyes fundamentales de la nación. Mi total divorcio con ese ejercicio político vicioso impidió el trámite legal y ético de muchas otras leyes y reformas, cuya aprobación le habrían ahorrado sufrimientos a la República; pero la semilla de nuevos paradigmas quedó sembrada. De todos nosotros, sin excepción posible, depende que la metamorfosis se produzca hacia las cosas buenas de la vida.
Alfredo Palacio,
doctor, ex presidente del Ecuador, Guayaquil