En estas dos semanas, cuando nuestra atención solidaria ha estado puesta en la querida tierra chilena, la tecnología me ha demostrado cuán importante puede ser en la vida de los pueblos. He seguido día a día la iniciativa de diario El País y otras instituciones de poner en la red ponencias, entrevistas y foros sobre temas que se iban a tocar en el frustrado V Congreso Internacional de la Lengua Española. De haberse realizado tan magna reunión solo habría tenido acceso a las reseñas periodísticas del día siguiente. Ahora hasta tengo en la memoria las voces de gente tan admirada como Carlos Monsivais. Jorge Volpi y Soledad Puértolas, entre otros.
Lo primero que hizo don Víctor Martínez de la Concha, presidente de la RAE, fue anunciar la suspensión del tan esperado encuentro y el ofrecimiento de recuperar todos los trabajos académicos para entregarlos al gran espacio del Instituto Cervantes. Y en homenaje a Chile este será el V Congreso. Lo que hemos leído estos días resulta una parte ínfima del enorme material que se iba a exponer bajo la consideración de cuánto ha aportado América Latina al idioma español. Los libros que iban a circular a partir de esta semana ya empiezan a salir. Tanto la Nueva Gramática, el Manual, como la edición de poemas de Neruda, elaborados por la Asociación de Academias están en circulación.
Lo de fondo es el respeto que se han ganado los usos de la lengua madre que hemos incorporado los latinoamericanos. Todos coinciden en saludar la riqueza de vocabulario, los matices, la ingeniosa sintaxis que brota de los hablantes de las antiguas colonias. Si como dijo don Emilio Lledó: “La cultura es el campo donde floreció el lenguaje” apoyado en las ideas de Humboldt –quien defendió el ensanchamiento del espíritu a base de la palabra–, nuestras comunidades hablantes han creado en medio de todos los mestizajes, una expresión americana del español (y lo sostengo saltando por encima del riesgo del adjetivo apropiado por Estados Unidos).
En los foros con escritores tan notables como Jorge Edwards, de Chile; Abad Faciolince, de Colombia; y Javier Marías, de España, brota la convicción de cuánto hace la literatura, la buena se entiende, por el desarrollo y ampliación del español. Me impresiona la honestidad de Abad, por ejemplo, cuando cuenta que viviendo en Italia percibió que se contaminaba de italianismos y cambió de país. Pensar en lengua extranjera, para un escritor, “es una aberración”, sostuvo. Otro punto en común de las declaraciones es denunciar cuánto daño le hacen al idioma los medios de comunicación masiva. Entre esos comunicadores brotan las peores debilidades, las mezclas, las reducciones. Marías cree que el deterioro público es tan grave en España que ya no tiene vuelta atrás. Monsivais identifica un “cepo lingüístico” creado por la prensa en la idea de que el gran público no entiende lo que se les comunica. El círculo vicioso que así se abre es una trampa para la lengua.
Estas y muchas otras son las ideas que se ponen sobre el tapete de la discusión. He visto que entre los que intervienen en los foros, como personas que hacen preguntas, figuran Álvaro Pombo y Santiago Roncagliolo, de lo que deduzco, simplemente, que el idioma está en la preocupación de mucha gente importante y sencilla.
Una nota que debe destacarse: la academia de Cuba retiró su participación cuando supo que Yoany Sánchez, famosa por su blog de criterios disidentes, estaba invitada al Congreso. Sintomático de la “democracia” cubana.