El día domingo 7, como muchos fanáticos del fútbol, desde muy temprano asistí al estadio Capwell, de Guayaquil, a observar el clásico del Astillero.
Mientras aguardaba que se abrieran las puertas, me encontré con un amigo y me acerqué a conversar con él. Después de algunos minutos se acercó un policía montado a caballo diciéndome que saliera de la fila y me fuera al último. Le respondí que estaba conversando con mi amigo, que mi puesto estaba más atrás y no era intención mía quedarme ahí. Con aire de prepotencia me dijo: “¡Te di una orden. Ándate de aquí!”.
Para evitar que el incidente pasara a mayores, me despedí de mi amigo para ubicarme en mi puesto, sin embargo, el policía se ubicó atrás mío diciéndome “lárgate”; le manifesté: “Estoy caminando, aprenda a tratar”, cuando de repente sentí tres latigazos mientras decía “mírame y contéstame bien”. Esa situación la vio un oficial a quien me le acerqué preguntándole: “¿Está bien este proceder?”. Obtuve como respuesta “hasta yo te daría”.
Traté de averiguar el nombre del fulano que me golpeó, pues no tenía placa que lo identificara, y el siempre tan elevado espíritu de cuerpo salió a relucir entre los miembros de la Policía al ocultarme la identidad del elemento arrogante.
La fuerza bruta innecesariamente desplegada –pues jamás puse resistencia a nada– por ese pseudoservidor público debería ser canalizada para someter a la delincuencia y no a los ciudadanos; ya que estoy seguro de que este tipo de incidentes pasan a diario por todo el territorio nacional, debido a que a muchos agentes del orden les queda grande el cargo, pues no se encuentran capacitados intelectualmente para desempeñarse como debe ser en la institución.
Sepan, señores policías, que ustedes son los encargados de mantener el orden público y la seguridad de los ciudadanos y que nosotros no somos sus subordinados, pues el uniforme no los coloca en situación de privilegio. Hago un llamado a la ciudadanía para que denuncie abusos y a los jefes policiales para capacitar permanentemente a su tropa, pues resulta insólito que esto exista.
Vicente Torres Vieira,
Guayaquil