Me dirigí con mi esposa y mis dos hijos a Montañita. Al recorrer las calles observé muchos hippies, malabaristas, surfistas extranjeros, mucha informalidad –a mi parecer– y personas que de alguna forma hasta intimidaban.
Fuimos a la playa al mediodía. Les advertí a mis hijos que había aguaje y que nunca nos habíamos bañado en el lugar, que tuvieran mucho cuidado. Decidí enseguida ir con ellos, conocía de sus inquietudes en el mar y no me sentía tranquilo. Mis dos muchachos comenzaron a jugar en el agua y se alejaron dos metros más adentro del mar que los demás bañistas, por lo que me les aproximé y pedí que se acerquen más a la orilla. En ese momento se formó una ola grande que nos tumbó a los tres, y en poquísimos segundos nos arrastró mar adentro con fuerza.
Seguidamente otra ola bien grande nos hizo dar vueltas y arrastró mucho más, mar adentro. Les grité a mis hijos que nadaran hacia la orilla, pero ni ellos ni yo avanzábamos nada. Estábamos demasiado alejados de la orilla, flotando y ya cansándonos.
En mi desesperación comencé a gritar, a pedir ayuda. No veía a nadie cerca. Cerré los ojos y dije: “¡Jesús, ayúdanos!”. Casi al instante observé a varios salvavidas acercándose, cargados de boyas que nos lanzaron a la distancia, a tiempo. Unos segundos más, y nos hubiéramos ahogado. Los arriesgados salvavidas nos halaron nadando hasta la orilla. Pude darme cuenta que quienes nos estaban rescatando eran las mismas personas que en las calles de Montañita me llamaron la atención: los hippies, los surfistas extranjeros informales: los ángeles de Dios.
Casi al llegar a la orilla vi a mis hijos esperándome ya que llegaron primero. Agradecí con un abrazo a mi rescatista, quien corrió y desapareció al instante. Le pregunté a mis hijos por sus rescatistas, pues quería agradecerles, pero me dijeron que apenas llegaron a la orilla se fueron corriendo. Fui por mi esposa –en buena hora no supo lo que había ocurrido– y buscamos a los rescatistas para agradecerles, pero no los encontramos en ninguna de las estaciones de salvavidas. Habían desaparecido fugazmente como aparecieron. Estas personas informales que caminan por las calles de Montañita, son como ángeles que buscan salvar vidas sin pedir absolutamente nada a cambio. Ojalá lleguen a leer estas líneas.
¡Gracias, señores salvavidas de Montañita, que Dios los bendiga siempre!
Douglas Fernando Méndez Méndez,
ingeniero, Guayaquil