SANTIAGO, Chile
Los primeros movimientos me despertaron, al principio pensé que era “un temblor más”, sin embargo, no se detenía. El intento por llegar al cuarto de mis hijas fue un fracaso, no podía caminar, sostenida de las paredes intenté avanzar, me caía, el ruido de los vidrios, las alarmas, las puertas topando entre sí confundían más. De pronto, un gran apagón, la tierra dejó de moverse. Dónde estás, cómo estás, son las primeras preguntas al momento de intentar ubicar a mis dos hijas, esposo, la empleada. Ahí estamos todos, no sabemos qué ha pasado. Entonces pasamos de un mal sueño a una realidad perturbadora, un terremoto de 8,8 grados es un megaterremoto, de esos que no se viven ni se cuentan fácilmente.
Son las situaciones límite las que muestran a las sociedades en su profundidad, es ahí en donde brota cómo somos. El terremoto en Chile no solo nos despierta, sino que nos enfrenta a una realidad a veces contradictoria. “No estamos como Haití, repiten todos, “somos más parecidos a Japón”. Lo cierto es que las estructuras antisísmicas en su mayoría están ahí, estoicas, y no se derrumban. La gente no enloquece ni corre, sino que serenamente sale, se mueve, busca subir a una montaña. Años de educación en seguridad tienen sus frutos. ¡Aplausos!
La demora de la Presidenta Bachelet genera reacciones, las críticas apuntan a que sí eran evitables algunas situaciones, como el aceptar tempranamente ayuda internacional, militarizar la ciudad antes de los saqueos, o mayor precisión para comunicar un tsunami. La dimensión de la catástrofe sobrepasa todo lo imaginado, pero los gobernantes no pueden marearse: terremoto, tsunami, incendios, un avión que se cae con ayuda a bordo, gente que saquea, delincuentes que se roban el agua de los bomberos, ¿qué más se puede esperar?, pues una autoridad clara y al mando. ¡Llanto!
Ante la catástrofe también surge uno de los rasgos más admirables de la sociedad chilena, la resiliencia, o capacidad de sobreponerse. Es eso lo que Chile culturalmente engendra, una fuerza arraigada que le dice que levantarse es la consigna, cueste lo que cueste. Las calles de Santiago se inundan de voluntarios, mingas, centros de recolección, todos ayudan, nadie se queda solamente conmovido viendo la televisión. Los damnificados son miles, pero los voluntarios también. ¡Aplausos!
Lo que me inquieta es ver cómo un terremoto termina por evidenciar fisuras sociales que hemos tapado por años. La desigualdad social de un país tan desarrollado como es Chile es una olla de presión. La región en donde se desató el terremoto y luego los actos vandálicos más reprochables es la región con mayor diferencia de ingresos (20% de pobreza). Otra fisura profunda es la relación “fuerza pública-ciudadanía”. El temor de Bachelet y sus asesores de llevar a los militares a la calle resucita el temor de un pasado en dictadura, siguen percibiendo a la fuerza pública como represiva. Ese temor entorpece y termina desatando una ola de delincuencia y pillaje. ¡Llanto!
El gobierno de Piñera recibirá una economía con 13.000 millones de dólares en reservas. Una lección de administración fiscal. Piñera lo tiene claro y reapuntala su plan de gobierno. Asimismo, los empresarios ya están trabajando. Ese ímpetu de no esperar solo del Estado la solución, sino partir con ideas nuevas, es lo que distingue, entre otras cosas, a Chile del resto de la región. Hay algo más que solo positivismo, es capacidad de trabajo y esfuerzo permanente. ¡Aplausos!