El lunes 22 de febrero fui víctima de “asalto” por miembros de la Comisión de Tránsito del Guayas (CTG).
El suceso se dio en momentos en que yo circunstancialmente detuve mi vehículo en la esquina de la avenida Quito y O’Connors y crucé la calzada de O’Connors a entregar un equipo electrónico a un amigo que estaba en la otra esquina de la misma calle.
Dicho acto duró no más de un minuto y fue aprovechado por miembros de la grúa de la CTG. A pesar de ver los miembros del operativo que me subí a mi vehículo inmediatamente, encendido el motor engancharon mi carro a la grúa y lo levantaron aduciendo que esa era la sanción por la contravención, la cual no existía porque el automotor no estaba abandonado.
En forma grosera, no propia de una dama, recibí malos tratos de una vigilante, solo por manifestarle que conocía las leyes de tránsito y que no habían transcurrido ni cinco minutos de estar allí, además de encontrarme ya en el vehículo.
Remolcaron mi carro –yo iba adentro del mismo– hasta el canchón del sur de Guayaquil, cometiendo una falla: enganchar un automotor con su conductor incluido.
Posiblemente yo no me hubiese sentido tan agraviado si minutos antes el carro grúa y la vigilante no hubieran bajado a otro vehículo y recibido una coima de su ocupante frente a mis ojos y de los de todos los transeúntes y vecinos del sector que estaban presentes en ese instante.
Señores, por favor, no es justo que elementos que deben servir a nuestra comunidad se comporten así, como que parece que anduvieran en búsqueda de algún “rescate”.
Wladimir Molina Candell,
Guayaquil