Domingo 07 de marzo del 2010 Vida local

Dios y yo

Por P. Luis Martínez de Velasco | lmv_dedios@hechos.com

Tema
Las mil microcontrariedades
La mayor y más extraordinaria obra de la Santa Trinidad es la justificación del pecador. Es decir, su perdón inmerecido y su transformación en verdadero hijo.

Este alarde de misericordia, aunque nos hace –con palabras de San Pablo– “santos en inmaculados ante Él”, no nos quita sin embargo la debilidad y la fragilidad. Más aún, no suprime la constante inclinación hacia el pecado.

Esta especie de “defecto de fabricación”, viene a ser para nosotros, lo que la fuerza de la gravedad es para todo lo que está sobre la tierra: algo que constantemente nos invita a no volar y que nos lleva a contentarnos con estar anclados en suelo del pecado.

Es llamada por la tradición “concupiscencia”, y se nos ha dejado –esta supersimpatía por lo que nos disminuye– para que crezcamos espiritualmente. Puesto que al vernos obligados a atacarla sin cesar –siempre ayudados por Dios– aumenta la santidad.

Estamos, por lo tanto, siempre en guerra contra nuestra natural debilidad. Y por eso, estamos siempre con necesidad de curaciones y reparaciones. E incluso, algunas veces, con urgencia de profundas regeneraciones.

Pero son heridas o destrozos interiores que sin Dios no pueden ni advertirse ni arreglarse. Solo su misericordia puede remediar el corazón dañado, moviéndole a la conversión. Y eso es lo que hizo y hace Jesucristo sin parar: llamarnos y ayudarnos a cambiar, a hacer lo que llamamos penitencia.

Hoy domingo tercero de Cuaresma, el evangelio nos recuerda como lo pidió con base en dos sucesos que asombraron a los de Jerusalén: la muerte de unos galileos que se alzaron contra los romanos, y la de unos ciudadanos que murieron aplastados por las piedras de la torre de Siloé.

En uno y otro caso, Jesús les dijo a sus oyentes que los fallecidos no eran necesariamente malos. Pero que si los presentes rechazaban convertirse, morirían como ellos. Y además les añadió, contándoles la historia de una higuera estéril, que el tiempo apremia. Que no podemos sestear pensando que nos vamos a salvar si no nos esforzamos por dar frutos.

Se refería, claro está, a los frutos propios de la penitencia. No precisamente a las que los jerarcas de su pueblo cultivaban e inculcaban con tenacidad.

Él pedía como penitencia, cualquiera de las múltiples y omnidireccionales expresiones de la conversión de corazón.

Y por eso me permito sugerir ahorita alguno de estos frutos –para algunos no tan tradicionales- que a Jesús le gustarán esta Cuaresma: A) confesarnos cuanto antes. B) organizar el tiempo para no incumplir nuestras obligaciones. C) atender a los demás con la mayor delicadeza. D) llevar con buen humor las mil microcontrariedades de nuestra jornada.

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