Domingo 07 de marzo del 2010 Arte y cultura

Juan Cruz Ruiz: ‘Cada autor posee un ego especial’

Patricia Villarruel | MADRID

Letras y Notas: Periodista y escritor español

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MADRID. El periodista y escritor español Juan Cruz fue editor del sello Alfaguara.

Durante años la suya fue una tarea en la sombra, siempre detrás de la luz que irradian autores convencidos de que han escrito una obra maestra. Y en más de una ocasión, Juan Cruz (Puerto de la Cruz, Tenerife, 1949), su editor, confiesa haber sentido envidia sana por lo que hacían. Por eso, quizás, el entusiasmo que hoy arroja su voz se asemeja al que siempre lo acompañó cuando hablaba de libros ajenos. Cuatro décadas de relación con escritores dejan como legado un aprendizaje continuo del respeto del ego, de esos Egos revueltos (así se titula su libro) que han marcado a los autores más veteranos, desde Francisco Ayala hasta Mario Vargas Llosa. Hay que decirlo “los egos son la materia misma de la escritura”. Cruz, editor del sello Alfaguara entre 1992 y 1998, acaba de adjudicarse el Premio Comillas de Historia, Biografía y Memorias, por este trabajo publicado por Tusquets. En diálogo con EL UNIVERSO, el también periodista de diario El País, de España, desentraña un texto que es memoria viva de un universo donde no cabe la modestia porque, sencillamente, “sin egos no hay paraíso”.

¿Cómo sobrevive un editor en un mundo plagado de egos?
Cada autor posee un ego especial. No se puede tratar a todos por igual por lo que hay que tener en cuenta la importancia que cada autor juega en el universo que uno maneja. Los hay picudos, redondos, olvidadizos...

¿Hay un elemento común en los egos de esos escritores?
La soledad. Es determinante y natural. Esa soledad a veces es de gente difícil, de gente ensimismada pero, también, están los solitarios alegres. No hay un solo escritor que no tenga en el fondo de su alma y en la realidad una experiencia de soledad.

¿Quién se necesita más, el editor al escritor o el escritor al editor?
El escritor al editor. El editor es el primer lector y lo que necesita el escritor es lectores. El primer lector es fundamental aunque el autor puede decir que escribe para sí mismo, que no le importan los lectores... Los editores, al contrario que los amigos, son los que se arriesgan por los escritores. El editor tiene que estar disponible 24 horas y decirle al autor que no está solo. En la relación de los editores con los escritores la confianza es máxima, el autor cree que el editor le puede resolver hasta lo más nimio.

¿Cuál es la máxima que debe regir en la relación entre el editor y el escritor?
El editor debe cumplir siempre sus compromisos. No vale que diga que el autor no los cumple, primero los tiene que cumplir él. La confianza mutua es fundamental, luego se puede romper y es muy doloroso, pero el editor no la puede quebrar.

¿Qué aprendizaje dejan cuatro décadas de trabajo relacionado con la literatura?
Entendimiento de que la vanidad no es algo propio de los escritores o los artistas, sino de todos. Para luchar contra ella, uno debe hacer una gimnasia cotidiana. El escritor tiene las mismas virtudes y los mismos defectos que cualquiera. He tratado de contar el lado humano de unos seres que se atreven a creer que con la escritura pueden cambiar el mundo o mejorarlo. Pese a tener tanta experiencia vengo a trabajar como si tuviera que ganarme el puesto. Y no es retórica.

¿Es fácil contradecir a un escritor?
No, pero conviene hacerlo.

¿Y ajustar cuentas?
Es difícil porque hay muchos mimos en juego.

A la hora de adjetivar los egos, cómo calificaría al ego de Gabriel García Márquez, Camilo José Cela, Mario Vargas Llosa, Mario Benedetti, Manuel Vásquez Montalbán, Octavio Paz, Francisco Umbral, Susan Sontag y José Saramago.
El de García Márquez, circular porque gira en torno a sí mismo, su obra tiene que ver con su mundo. Es una persona ensimismada, un hombre con una gran vida interior que no ha resuelto nunca del todo, ni siquiera con sus obras; a lo mejor es por su carácter. El de Cela era un ego mayúsculo, consideraba que su obra era la única existente; el de Vargas Llosa era un ego latente porque no explota. Es el gran trabajador de la literatura, el que cumple con ella, como se cumple en los matrimonios. Eso le reprochaba Onetti y Mario dice que es verdad. Benedetti tenía un ego herido porque consideraba que no se le prestaba la atención que merecía. Vásquez Montalbán poseía un ego trabajando porque no paraba. Paz, un ego superlativo. Umbral contaba con un ego total. Sontag era de un ego inteligente y Saramago es un ego de piedra porque viaja lentamente por un mar que él mismo ha inventado.

Jorge Luis Borges era de los menos pedantes...
Él se reía de su pedantería.

¿Qué escritores le han sorprendido?
Guillermo Cabrera Infante me marcó mucho. Era un ídolo y una persona que había introducido de una manera ejemplar la música y el humor en la literatura latinoamericana. Julio Cortázar no paraba, todo lo aprovechaba. Tenía una vocación que cumplió a rajatabla. Para mí es el escritor emblema de su generación con Onetti y Rulfo. Me gusta mucho el modo de pensar de John Berger y me conmueve la tristeza de Scott Fitzgerald, tendría que saber más de él. Me quedo con el ego de Manuel Vásquez Montalbán.

Atesorará cientos de anécdotas... ¿Se queda con alguna?
Benedetti estaba muy enfermo, en cama. Yo le llevaba los periódicos al hospital. Me recibió un día sin afeitar y triste y le dije: Mario, no puedes estar así. Te tienes que afeitar, pareces más enfermo. Al día siguiente, aunque no dije nada, ya se había afeitado. Después de media hora, me dijo: ¿Juanito, no te has dado cuenta de que me he afeitado?

¿Cuál es el mayor defecto del universo literario?
La envidia, el deseo de que el otro no prospere, opacar la obra ajena. La envidia es una de las facetas del odio.

¿Y la virtud?
La escritura explica el mundo, lo ordena. En momentos difíciles siempre acudo a ella. Me calma mucho e imagino que al lector común le pasará lo mismo. Leemos porque queremos completar un universo en el cual uno se siente compensado, y completado.

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