sábado 06 de marzo del 2010 Columnistas
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Alfonso Oramas Gross

¿Y si ocurriese aquí?

Para algunas personas, la imagen del país funcional, ordenado, prolijo, que tenían de Chile se ha desvanecido al observar la lentitud oficial así como la reacción social generadas luego del terrible terremoto que sacudió el país del Sur. Sin embargo, para poner las cosas en contexto, hay que reconocer en primer lugar la severidad del sismo y admitir que aun un país del llamado Primer Mundo, hubiese tenido serios inconvenientes al afrontar la dimensión de una catástrofe similar.

Si se revisa lo que ocurrió en Chile, es posible comprobar las serias deficiencias en la comunicación entre los estamentos militares y las instituciones gubernamentales al momento de predecir el casi inevitable maremoto. Esas omisiones distrajeron los avisos de alerta que necesariamente se debieron haber dado, lo cual a su vez hubiese salvado la vida de decenas de personas. Un costo demasiado alto para un país que como Chile, está preparado en términos generales para afrontar sismos de gran magnitud. Aparte de eso, cierta parsimonia en el suministro de la ayuda y la falta de control oportuna de los saqueos, ha originado una serie de críticas a la actuación del saliente gobierno chileno.

Resulta posible extender la reflexiónLos desastres naturales se han convertido crecientemente en uno de los problemas más graves que enfrenta la humanidad, con funestos resultados para sociedades y economías en vías de desarrollo. en el sentido de qué pasaría si un fenómeno de igual magnitud afectase un día a nuestro país. Claro, Dios no lo permita, pero de acuerdo a las predicciones científicas resulta casi inevitable que en un indeterminado lapso, el Ecuador resulte afectado por un gran sismo, con mayor razón si se reconoce que estamos en el mismo cinturón de fuego del Pacífico. ¿En qué estado quedaría el país si fuese azotado por un terremoto con una magnitud similar?: la respuesta no admite cálculos, la única alternativa es la prevención y para ello se necesita un proceso de preparación e información, muy poco sostenible en los actuales momentos.

En realidad, tal como lo señala un reciente estudio de la revista Global Environmental Change, los desastres naturales se han convertido crecientemente en uno de los problemas más graves que enfrenta la humanidad, con funestos resultados para sociedades y economías en vías de desarrollo.

En el caso ecuatoriano, un terremoto podría provocar la muerte de miles de personas, así como la destrucción de gran parte de la infraestructura urbana, sin contar los movimientos masivos de población que podrían ocurrir.

Reconociendo la vulnerabilidad de nuestro país, debe afrontarse la posibilidad de un cataclismo mayor con prudencia pero no con escepticismo.
A propósito, ¿no sería conveniente que en lugar de tanta información autoelogiadora, el Gobierno se encargue en sus cadenas de divulgar información elemental acerca de los potenciales riesgo de un desastre natural?

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