sábado 06 de marzo del 2010 Columnistas
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Pablo Lucio Paredespabloluc@uio.satnet.net

¿Con Cuba y sin Estados Unidos?

¿Tiene sentido una OEA sin Estados Unidos? Sí, claro que lo tiene. ¿Por qué no? ¿Por qué no encontrar un espacio de diálogo solo entre latinoamericanos? Pero a una sola condición: que la OEA con Estados Unidos se mantenga también vigente. Hay que tener abiertas diversas puertas de diálogo. El espacio restringido del Grupo Andino (de los vecinos más cercanos), los diálogos Grupo Andino/Mercosur, la Unasur, esta nueva OEA sin Estados Unidos y también la puerta al diálogo con Estados Unidos. Diversos sitios, diversos enfoques, pero no olvidando que con Estados Unidos tenemos más temas importantes: comercio, inversión, migración etcétera… Con muchos otros, apenas el intercambio de viejas canciones revolucionarias, nada más.

¿Y la nueva OEA debe incluir a Cuba? Sí, claro. ¿Por qué no?… pero a una sola condición: que no sea un espacio para tomarse fotos con Fidel Castro sino para decirle verdades sobre su régimen despótico y antidemocrático, para no avergonzarnos guardando silencio sobre la muerte del disidente y tantas violaciones. Para pedirle a México la extradición de las “estudiantes” de Angostura, sobre las cuales el Gobierno sigue manteniendo la increíble ficción que eran unas simples turistas víctimas de las circunstancias. Vivimos en un mundo sorprendente: las estudiantes son unas pobres víctimas a las que se defiende, mientras al señor Zapata ni siquiera se le menciona porque eso afecta el principio de no injerencia en otros estados, pero sobre todo porque la imagen de la revolución cubana debe ser arropada y protegida. Los disidentes en regímenes de derecha son heroicos, en países “revolucionarios” simples parias que entorpecen el progreso. La diplomacia se basa ciertamente en la hipocresía, pero ya estamos exagerando.

Lo grave de todo esto es que excluir a Estados Unidos de los diálogos, termina siendo un acto no de soberana dignidad o de estratégica inserción en el mundo, sino de rebeldía adolescente frente al imperio. Nos creemos dignos porque damos la contra a los grandes, y mantenemos relaciones con Irán (aunque casi nada ganamos, y nos enredamos en círculos financieros peligrosos, aunque pretendamos lo contrario). Sacar la lengua se torna política de Estado.

Mientras tanto, los que miran al mundo como un espacio de oportunidades, se reúnen en el gran bloque del Pacífico en el que nosotros aún no mostramos siquiera las narices (incluso en Chile y Perú ya se han dado reuniones mundiales de este nuevo bloque). Ahí están todos los que cada vez pesan más en el mundo. Pero no nos interesan porque nuestra mirada es hacia adentro, hacia los vecinos del barrio. Olvidamos dos principios esenciales del comercio internacional: a un país pequeño le conviene abrirse al mundo y le conviene hacerlo en los espacios más amplios.
Desgraciadamente nuestra visión es: abrirse al mundo es un peligro y es mejor hacerlo con los vecinos o similares.

Sacamos la lengua y luego nos encerramos entre amigos. Eso no puede ser una estrategia frente a una globalización que debe ser asumida con inteligencia: midiendo y minimizando riesgos, pero aprovechando oportunidades.

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