Debo reconocer que desde hace algunos días he estado tentado a escribir sobre la disputa entre el presidente de Barcelona S.C. y el comentarista deportivo Carlos Víctor Morales; sin embargo, he preferido esperar a que se desarrolle un poco más esta “novela”, como para que luego no se diga que hicimos un comentario apresurado, que la noticia fue sacada de contexto o que las palabras fueron más allá de las intenciones.
Quiero comenzar explicando que no tengo relación personal, comercial o profesional con Carlos Víctor Morales.
También debo precisar que no tengo conflicto de interés alguno con Barcelona, ni con Eduardo Maruri; por el contrario, el actual presidente de la Comisión de Fútbol es mi amigo personal.
Con ese preámbulo, entremos en materia.
Barcelona es un fenómeno social, que va más allá de la hinchada futbolera tradicional.
Hay que reconocer también, que ese fenómeno social se alimentó de los campeonatos y triunfos que hasta finales de los años noventa el equipo cosechó.
De lo contrario, la idolatría por el equipo amarillo no sería la actual; una prueba de ello es el otrora papá Aucas, ídolo de Quito, que debido a la sequía de triunfos y protagonismo, ha sido desplazado en el favor popular por Liga de Quito, Deportivo Quito y El Nacional, y agoniza en el corazón de los pocos hinchas que le quedan.
Y Eduardo Maruri se embarcó voluntariamente a timonear este Barcelona, urgido de triunfos, sin que hasta este, su tercer año, haya podido cumplir con el principal objetivo de quien preside a un ídolo como este: ganar el campeonato nacional.
La Corte Interamericana de Derechos Humanos ha sido muy insistente en sus fallos relacionados con la libertad de expresión, en el sentido de que los personajes públicos necesariamente deben tener mayor tolerancia a la crítica y censura pública de sus ejecutorias, en función de la actividad que desempeñan.
Hace varias décadas, la Corte Suprema de los Estados Unidos, en el famoso caso Sullivan vs. New York Times, estableció altos estándares en esta materia que han sido acogidos por la Corte Interamericana y por muchas Cortes Supremas del Mundo.
De modo que si Carlos Víctor Morales ha sido muy intenso en su crítica a la gestión de Eduardo Maruri, sean estas críticas equivocadas o no, como dirían los argentinos, se las tiene que “bancar”.
Y si Carlos Víctor Morales ha rebasado la barrera de la crítica intensa para entrar en los dominios de la injuria o la difamación contra Eduardo Maruri, hay una herramienta en las leyes y en la administración de justicia para detener esa agresión e indemnizar al agraviado.
La decisión de impedir el acceso del referido comunicador al palco de prensa del estadio de Barcelona, durante el desarrollo de los partidos de fútbol del equipo, en nuestro criterio, es una forma velada de censura, condenada por la Convención Interamericana de Derechos Humanos y por la actual Constitución del Ecuador.
Y en estos tiempos en que los libres pensadores y las pocas instituciones independientes que quedan en el Ecuador, libran una feroz batalla contra los intentos oficiales de degradar el estándar de libertades en el Ecuador, este tipo de actitudes alejadas del comportamiento que la sociedad demanda de los personajes públicos, son, por decirlo menos, inaceptables.
Las cosas por su nombre.