SANTIAGO DE CHILE |
Haití y Chile son dos escenarios definitivos que han marcado la vida de miles.
Caminar por las calles de Santiago es percibir el miedo. Una especie de psicosis se siente como réplicas permanentes en la mente de los pobladores de este disciplinado país que, tras dos minutos de terror, una de sus regiones entró en el caos total.
Para llegar acá he devorado kilómetro tras kilómetro, pacientemente, durante varios días. Y los sentimientos son, como suelen decir, “encontrados”. La innegable presencia del puerto de Arica. El sencillo malecón de Iquique. La desconcertante belleza del desierto de Atacama. Su profunda noche adornada desde siempre por estrellas a las que nunca se les interpone una nube.
Los atardeceres de Antofagasta, frente al Pacífico.
El miedo de Santiago. Y la incomprensible reacción de seres acosados por lo fatal: incendios, saqueos, robos…
A Concepción espero caminarla hoy, pero para prepararme mentalmente he traído a la memoria a una agradable mujer: Carolina Paredes.
Carola, como gusta que la llamen, es una arquitecta cuencana que en el año 1999 se vinculó con un proyecto de la Agencia Española de Cooperación Internacional para el Desarrollo, Aecid, que montó en Cuenca una escuela-taller cuyo objetivo era preparar mano de obra calificada en materia de restauración del patrimonio edificado.
Fue una de las consecuencias de la declaratoria de la ciudad como Patrimonio Cultural de la Humanidad, por parte de la Unesco.
Cuando la tierra tembló por más de un minuto provocando la muerte de 300 mil personas en Haití, ella se encontraba a cincuenta metros de su vivienda. Por la experiencia acumulada, en el 2008 fue trasladada al puerto de Jacmel, para que desarrolle un programa similar y ayude a proteger el patrimonio edificado que dejó la ocupación francesa en aquella isla.
Pero el terremoto se adelantó, y en 65 segundos destruyó gran parte de ese patrimonio. A cincuenta metros de donde estaba, su casa quedó reducida a escombros. Aecid le propuso una evacuación inmediata, pero ella, como buena cuencana, decidió quedarse para ayudar en el rescate de víctimas, y ahora piensa ya en la preservación del patrimonio arquitectónico de Haití, por lo que ahora no tiene fecha de retorno a Ecuador.
En medio de esta desolación que ofrece Chile, historias como la que Carola construye en Haití son una esperanza.
Como es esperanzador el ver a jóvenes chilenos recorriendo las calles para ofrecer su solidaridad. A bomberos de todas las nacionalidades vestidos todos con un mismo uniforme: el que deja la combinación de sudor, polvo y alegría cuando logran dar con una víctima viva bajo los escombros.
A mujeres desprendiéndose de su tiempo con la familia para dedicarlo a la elaboración de los paquetes de ayuda para los damnificados. “A mí no me ha golpeado en nada el terremoto, así que debo ayudar, es mi obligación”, dice una mujer de unos 30 años cuando se le pregunta ¿por qué?
Son esos “sentimientos encontrados” que terminan ablandándonos, recordándonos que la sensibilidad no se debe perder por la frecuencia de las tragedias naturales, sino que se la debe potenciar hasta que nos vuelva verdaderos seres humanos.