jueves 04 de marzo del 2010 Columnistas

Despistados

Una persona que conoce de cerca los entretelones de la Presidencia de la República y de la Asamblea Nacional me dijo el otro día que la suerte de Rafael Correa está atada a la crisis interna de Alianza PAIS, y sobre todo al juicio político del Fiscal General. Si Washington Pesántez cae, me aseguró, Correa estará en aprietos porque se habrá consolidado el liderazgo de Fernando el Corcho Cordero, que quiere un correísmo sin Correa.

Yo personalmente, sin embargo, le atribuyo a la crisis de Alianza PAIS una importancia solo relativa. Para el futuro de Correa, mucho mayor peso tiene, desde mi punto de vista, el descontento de los movimientos sociales, que han sido los protagonistas más constantes (aunque también los más inconsistentes) de la escena política ecuatoriana durante las dos o tres últimas décadas. En ese período las cámaras de la producción se desgastaron, los partidos desaparecieron y líderes políticos con influencia nacional casi no quedan. Los movimientos sociales en cambio siguen allí, estropeados y todo, manipulados siempre, pero aun con reservas suficientes para hacer temblar al Estado.

Lo que salva a Correa es precisamente el despiste de los dirigentes de esos movimientos, que luego de descubrir, una vez más, que no fueron sino tontos útiles del demagogo de turno, en lugar de extraer las lecciones de su gravísimo error, insisten en refugiarse en un nuevo radicalismo verbal.

La Conaie, por ejemplo, acaba de aprobar una plataforma que incluye ¡expulsar de inmediato de sus territorios a todas las compañías petroleras, nacionales y extranjeras!

Casi al mismo tiempo, uno de sus dirigentes más destacados, Delfín Tenesaca, declaró que a él no le preocupa Correa porque se va a caer “solito”.

Imagínense ustedes, cerrar todos los pozos, incluyendo los de Petroecuador, paralizando escuelas y hospitales, el agua, el gas y la electricidad; pero cruzarse de brazos al mismo tiempo ante los atropellos antidemocráticos del dictador. Proclamar la existencia de un Estado sin fuentes de energía viables, una especie de Avatar ecuatoriano, pero a la par guardar absoluto silencio ante la forma en que se pisotean las libertades.

Siempre ha habido “revolucionarios” así, que proponen un mundo inexistente para evadir una respuesta a los problemas reales.

La Conaie debería saber que hoy no hay ninguna condición para debatir cómo nos transformamos en un Ecuador pospetrolero. No podemos hacer esa discusión porque no hay democracia, la libertad de expresión está mermada y cualquier crítica al régimen conlleva el peligro de acabar en la cárcel.

Así que antes de discutir siquiera qué hacemos con nuestra dependencia del crudo, lo que deberíamos acordar primero es cómo deshacernos de esta dictadura.

Delfín Tenesaca, a su vez, debería saber que ningún gobierno cae “solito”. Muchísimos presidentes hacen méritos para que los echen, pero aunque sea a último minuto alguien debe agarrarlos del cogote y depositarlos en el tacho de la Historia.

Las posturas ingenuas de la Conaie y Tenesaca no acabarán con la contaminación ambiental, ni salvarán a la selva amazónica, pero sí garantizarán que cuando se vaya Correa, la Conaie y los movimientos sociales que los sigan, si no modifican su postura, no tendrán en ese proceso, ni en sus resultados, ningún pito que tocar.

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