miércoles 03 de marzo del 2010 Cartas al Director

Sobre terremoto

La tierra tembló, la tierra tiembla, y no deja de temblar. A la angustia inicial del pasado terremoto, le sigue la permanente incertidumbre de las réplicas. ¿Cómo serán las próximas: iguales, mayores o menores?

Es difícil esto para quienes no perdieron aparentemente nada, pero sí perdieron la tranquilidad. Es soportable o a veces casi solo una molestia, para quienes ya han pasado por varios terremotos o para quienes como yo, acaban de pasar el primero en su vida. Angustiante para quienes aun sin haber sufrido daños materiales le tienen pánico a los temblores y terremotos. Lo cierto es que todos perdimos algo. Pero apenas puedo intentar imaginar cuán terrible es para quienes lo perdieron casi todo y solo les queda la vida. Han pasado ya más de tres días y en mi casa, a 86 metros del mar, debo dormir junto a la puerta por mayor seguridad, levantarme dos o tres veces en la noche ante el mínimo movimiento (que a veces solo está en el subconsciente y muchas otras veces es un sismo real); no pasa de ser una incomodidad, una incertidumbre que nadie sabe cuándo va a parar. ¿Qué se sentirá estar durmiendo en la calle en carpas improvisadas con hijos, quizás sola, o junto a vecinos que no se sabe cuándo se convertirán en tus enemigos? ¿Qué se sentirá salir corriendo medio dormida en mitad de la noche hacia un cerro, pues no existe solo la amenaza permanente (o psicológica) de un nuevo temblor o terremoto, sino también la de un tsunami? ¿Estar en vela con un palo en la mano para defender (o para no compartir) lo último que te queda? ¿Qué se sentirá no tener siquiera la posibilidad de avisarle al mundo que estás vivo, atrapado entre escombros, o que estás en pie pero ya empezando a caer por el miedo, la sed, el hambre, la incertidumbre, el terror?

Yo acabo de vivir el terremoto en Valparaíso, mis amigos bien, familiares están bien; de los conocidos, ya se irá sabiendo noticias de a poco, buenas o malas. Apenas unas esquinas de mi casa están resquebrajadas y nada más, ni siquiera un vaso roto; las cosas materiales, pero queridas, están intactas. Algunos amigos de mi esposo están muertos (unos por paro cardiaco, qué lamentable). El terremoto lo viví, el miedo lo sentí naturalmente con la certeza de lo vulnerables que somos ante la naturaleza y de que la vida se puede despedir de uno, en segundos. La incertidumbre la sigo sintiendo. La vida va a tardar mucho en volver a la normalidad. Hace solo dos días regresó la luz eléctrica a mi casa, sin internet me sentía desconectada. Aún  no puedo imaginarme cómo habría sido si hubiese estado en Dichato, Iloca, Pelluhue, Constitución, Isala Juan Fernández o Haití. Al escribir esto repito tantas veces la palabra vida, y me pregunto si no será redundar, pero inmediatamente me respondo que no. No es redundar, de eso se trata este escrito, de la vida que nos queda; de las vidas que se perdieron, de las vidas que se van a ir en los próximos días, de mi propia vida y de la tuya tan alejada de esta desgracia pero que también puede desaparecer en segundos. Y de la vida que nos queda, y qué vamos a hacer con ella.

Karina Mejía,
periodista ecuatoriana residente en Valparaíso, Chile

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