Desde hace unos meses en algunas bibliotecas y museos del mundo se vienen celebrando los 250 años de la primera edición francesa de Candide (Cándido.) Escrita por Voltaire en los últimos años de su larga vida, la obra provocó un revuelo literario en la ilustrada Europa como solo él era capaz de hacerlo. Cándido es el nombre de un joven que había abrazado efusivamente las optimistas ideas del filósofo alemán Leibniz de que el nuestro era el mejor de los mundos posible al extremo que hasta los más absurdos y trágicos eventos debían tener una buena razón para suceder. Semejante visión comenzaría a empañarse a medida que Cándido, en compañía de su mentor, el Dr. Pangloss, comenzara a recorrer varias cortes europeas y a encontrar en ellas situaciones que pondrían en dudas, sino en ridículo, el optimismo del pensador alemán.
Cándido no alcanzó por supuesto a visitar la última cumbre en Cancún. Pero de haberlo hecho no habría quedado menos asombrado. En Cancún los líderes de la región volvieron con sus invocaciones a perturbar el sueño de Bolívar, de Martí y de otros de su talla; echaron otra vez flores a la democracia; lanzaron vivas a la justicia; y renovaron su fe en la liberación y unión de nuestros pueblos.
Mientras tan nobles sentimientos retumbaban por los elegantes salones, el presidente colombiano calificaba nada menos que de cobarde a su homólogo de Venezuela, en respuesta de la acusación de este último de que aquél lo había enviado a matar. Evo quiso luego limpiar la honra del venezolano insinuando que el colombiano era un agente divisionista de Washington. Y así por el estilo. ¡Si sólo Cándido hubiese estado allí, Voltaire!
Pero Cándido habría quedado más estupefacto al saber que mientras que en Cancún se cantaban odas a la justicia, al derecho y la libertad, en Cuba agonizaba un joven de 42 años luego de haber iniciado una huelga de hambre en protesta contra la dictadura cubana. Orlando Zapata era su nombre, y no era intelectual, ni universitario, ni profesional. Era un albañil, un hombre pobre. Orlando había sido condenado a tres meses de prisión en 2002 por protestar por la falta de libertades en Cuba. Cumplida su condena, fue apresado nuevamente y condenado, esta vez, a 36 años de cárcel por desacato. De nada sirvieron los llamados humanitarios internacionales, ni las gestiones de su madre. Frustrado y desesperado, Orlando optó entonces por una huelga de hambre que finalmente lo llevó a la muerte.
Varios activistas de derechos humanos así como su angustiada madre habían advertido del posible y fatal desenlace. Voces que al parecer no llegaron a escucharse en Cancún. Seguramente las canciones contra el imperialismo y las odas en favor de la democracia eran tan altisonantes que lo impidieron. Además los asistentes tenían cosas más importantes que hacer, como la de crear una OEA sin los gringos ni los canadienses, para ocuparse de este pobre albañil o de su pueblo oprimido. ¡Si sólo Cándido hubiese estado allí, Voltaire!