martes 02 de marzo del 2010 Columnistas
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Leonardo Valenciacorreo@leonardovalencia.com

Camus en Chile

BARCELONA, España

En el verano de 1949 Albert Camus viaja por Latinoamérica. Todavía no le han concedido el premio Nobel pero viaja como un autor de prestigio. Dos años atrás ha publicado La Peste con gran éxito. Sus obras de teatro tienen buena acogida en varios países, incluso con polémicas censuras, como la que recibió El malentendido en Argentina por parte del gobierno peronista, que la prohibió por considerarla atea. La censura llama la atención sobre este autor combativo que despliega en su labor periodística una fuerte crítica de la situación contemporánea, pero cuya obra literaria está lejos de ser utilizada como panfleto o apéndice.

La obra de Camus tiene una prosa seca y estricta, parca, a ratos fría. Esto la hace más efectiva para trasmitir el drama contemporáneo de un individuo ante el absurdo del mundo. Es una obra de detalles, o mejor dicho, como prefería Camus, de imágenes que abren el pensamiento, como cuando en El extranjero, en un momento del juicio a Meursault, este escucha el sonido de la corneta de un vendedor de helados y comprende que su tribunal es una farsa. El mismo Camus será juzgado un par de años después cuando se produzca la polémica con Sartre. Camus no aceptaría el silencio de la intelectualidad francesa, con Sartre a la cabeza, ante la represión que ejercía el gobierno comunista de la Unión Soviética. La independencia de Camus lo llevaría a una situación difícil en la que tanto la izquierda como la derecha nunca dejaron de mirarlo con sospecha, porque no era un incondicional.


Quería seguir repasando algunos aspectos de su obra, sobre todo su visión, más actual que nunca, sobre el terror totalitario, pero llega la noticia del terremoto que ha azotado Chile, y me quedo perplejo, como siempre ocurre con estas desgracias. Uno a veces no sabe qué decir más allá de escribir a los amigos chilenos para saber si están bien y esperar horas hasta que sus e-mails finalmente llegan –han tenido cortes eléctricos me explican– y uno respira a pesar del miedo y el caos que refieren en sus mensajes. Es casi una ironía volver a las páginas de un autor que frente al absurdo que encontraba en el mundo se refugiaba en lo más cercano como la única tabla de salvación. Entonces encuentro unas líneas de Camus sobre su viaje por Latinoamérica donde habla de Chile. Le explican “la influencia de los temblores de tierra sobre el comportamiento de los chilenos. Quinientas sacudidas al año, varias de ellas catastróficas. Esto crea una psicología de la inestabilidad”. Esta apreciación dice más sobre Camus. En esos años luchaba contra la depresión, contra un bloqueo creativo que se volvía creciente. Chile, con sus temblores, parecía hablarle. Pero ocurrió lo contrario, se sintió bien. El 18 de agosto escribe: “Me encuentro bien en Chile y podría vivir aquí un poco más, en otras circunstancias”. El escritor que enfrentó el dilema del absurdo del mundo, que moriría hace cincuenta años en un accidente automovilístico, fue feliz en un país acogedor como el chileno que ha sufrido esta catástrofe. No hay Dios que responda, habría dicho Camus.

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