lunes 01 de marzo del 2010 Columnistas
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Paul Krugman

Los chicos de la bancarrota

EE. UU.

Está bien, la bestia está hambrienta. ¿Ahora qué? Esa es la pregunta que confrontan los republicanos. Sin embargo, se niegan a responder o siquiera a participar en alguna discusión seria sobre qué hacer.

Para los lectores que no saben de lo que estoy hablando: desde Reagan, el Partido Republicano ha estado manejado por personas que quieren un Gobierno mucho más reducido. En las famosas palabras del activista Grover Norquist, los conservadores quieren reducir al Gobierno “al tamaño en el que podamos ahogarlo en la tina del baño”.

Sin embargo, siempre ha habido un problema político con esta agenda. El electorado puede decir que se opone a un Gobierno grande, pero los programas que realmente dominan el gasto federal –Medicare, Medicaid y la Seguridad Social– son muy populares. Entonces, ¿cómo se puede persuadir a la población para que acepte grandes reducciones al gasto?

A la respuesta conservadora, que evolucionó a finales de los años 1970, se le llamaría “privar de comida a la bestia” durante los años de Reagan. La idea –planteada por muchos miembros de la intelectualidad conservadora, desde Alan Greenspan hasta Irving Kristol– era¿Por qué los republicanos son tan renuentes a sentarse a hablar? Porque entonces estarían obligados a contribuir o callarse. Ya que se oponen firmemente a reducir el déficit con incrementos fiscales, tendrían que explicar qué gastos querrían recortar. básicamente que políticos solidarios deberían participar en un juego de dar gato por liebre. En lugar de proponer impopulares recortes al gasto, los republicanos impulsarían reducciones fiscales populares, con la intención deliberada de empeorar la posición fiscal del Gobierno. El recorte en el gasto se podía vender entonces como una necesidad más que una opción, la única forma de eliminar un déficit presupuestal insostenible.

Y llegó el déficit. Cierto, más de la mitad del déficit presupuestal de este año es resultado de la Gran Recesión, que ha deprimido tanto los ingresos como requerido de un aumento temporal en el gasto para contener el daño. Sin embargo, aun cuando termine la crisis, el presupuesto seguirá teniendo demasiado rojo, en gran parte como resultado de las reducciones fiscales de la época de Bush (y sus guerras sin fondos). Y la combinación de una población que envejece y costos médicos crecientes llevará, a menos que se haga algo, a un crecimiento explosivo de la deuda después del 2020.

Así que la bestia está hambrienta, como se planeó. Debería ser el momento, entonces, de que los conservadores explicaran qué partes de la bestia quieren recortar. Y el presidente Barack Obama los ha invitado, en efecto, a hacer justo eso, al solicitar una comisión bipartidista para el déficit.

Muchos progresistas se preocuparon profundamente por la propuesta, temiendo que se convirtiera en una especie de caballo de Troya –en particular, que la comisión terminara reviviendo el viejo objetivo republicano de destripar a la Seguridad Social–. Sin embargo, no tenían por qué preocuparse: los republicanos en el Senado votaron abrumadoramente contra una legislación que hubiera creado una comisión con algún poder real, y es poco probable que cualquier cosa significativa salga de una mucho más débil que estableciera Obama por decreto presidencial.

¿Por qué los republicanos son tan renuentes a sentarse a hablar? Porque entonces estarían obligados a contribuir o callarse. Ya que se oponen firmemente a reducir el déficit con incrementos fiscales, tendrían que explicar qué gastos querrían recortar. Y, adivinen qué. Después de tres décadas de preparar el terreno para este momento, todavía no están dispuestos a hacerlo.


De hecho, los conservadores se han echado para atrás en recortes al gasto que ellos mismos propusieron en el pasado. En los años 1990, por ejemplo, los republicanos en el Congreso trataron de imponer recortes drásticos a Medicare. Sin embargo, ahora se opusieron a cualquier esfuerzo por gastar esos fondos con mayor inteligencia, que es el centro de su campaña contra la reforma sanitaria (¡paneles de la muerte!). Y optimistas presidenciales, desde el gobernador Tim Pawlenty, de Minnesota, dicen cosas como esta: “No creo que nadie vaya a regresar ahora y decir: ‘Deroguemos o reduzcamos a Medicare y Medicaid’”.

¿Y qué hay con la Seguridad Social? Hace cinco años, el Gobierno de Bush propuso limitar los pagos futuros a trabajadores con ingresos altos y medios, en efecto los beneficios para el retiro de evaluación financiera. Sin embargo, en diciembre, la página editorial de The Wall Street Journal denunció cualquier evaluación financiera semejante, porque “el electorado de las clases media y alta (i.e., el Partido Republicano) obtendría menos de lo que les prometieron a cambio de impuestos sobre nómina de toda una vida”. (Mmm. ¿Desde cuándo los conservadores admiten abiertamente que el Partido Republicano es el partido de los acaudalados?).

En este momento, entonces, los republicanos insisten en que se debe eliminar el déficit, pero no están dispuestos a aumentar impuestos ni a apoyar recortes en cualquier programa gubernamental importante. Y tampoco están dispuestos a participar en discusiones bipartidistas serias porque eso podría obligarlos a explicar su plan; y no hay ningún plan, excepto volver a tener el poder.

Sin embargo, hay un tipo de lógica en la actual posición republicana: en efecto, el partido está redoblando aquello de privar de comida a la bestia. Privar al Gobierno de ingresos, resulta ser, no fue suficiente para empujar a los políticos a desmantelar el Estado de bienestar. Así que ahora la estrategia de facto es oponerse a cualquier acción responsable hasta que estemos en medio de una catástrofe fiscal. Usted lo leyó primero aquí.

 © 2010 The New York Times News Service.

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