Como ecuatoriano y orgulloso quiteño no puedo estar más de acuerdo con las legítimas aspiraciones del guayaquileño.
Recuerdo que hasta los años ochenta Guayaquil se veía como un pueblo grande; hoy, el motor económico ecuatoriano luce como una moderna metrópoli, un destino turístico internacional, cosa impensable en aquellos años.
Quiteños y extranjeros residentes en el puerto comentan las bondades de su gente. Ojalá el modelo aplicado hasta hoy (por Febres-Cordero y Nebot) pueda continuar por décadas con los mismos bríos, sin “revoluciones” ni rebullicios, sino con trabajo arduo; tenemos obligación de apoyarlo.
Carlos Proaño S.,
Quito