El episodio más reciente en el que un ecuatoriano fue detenido por ofender al presidente Correa ha dejado en los ciudadanos reflexivos diversas preocupaciones. La más relevante concierne a la hipótesis –compartida por algunos– de que las amenazas más verosímiles a la seguridad del Mandatario son las que se derivarían de su propio temperamento. Efectivamente, si algún día (Dios no lo permita) cualquier grupo profesionalmente entrenado quisiere causarle daño, ellos sabrían exactamente cómo inducirlo a romper con su propio protocolo de seguridad y exponerse a traumatismos más serios que los ocasionados por resbalar en una mancha de aceite en un garaje de Machala. Aunque el Presidente pidió disculpas por la brutalidad policial, aparentemente fue el único que no se percató de que él inauguró la cadena de atolondradas reacciones que culminó con Carlos Solano en el balde de aquella camioneta.
Observamos frecuentemente enfrentamientos de conductores en nuestras calles, que generalmente no pasan de la amenaza y felizmente acaban cuando cada uno regresa al volante de su automóvil con su machismo más o menos restaurado. Suponemos que el Presidente del Ecuador está por encima de esas conductas ordinarias, porque necesitamos que así sea. Aunque discrepemos con él, admitimos que la preservación de su armonía física y emocional es una condición necesaria para que mantengamos esa irrenunciable tarea de Sísifo que es la construcción de una verdadera democracia en el Ecuador, en la que todos nos suponemos comprometidos. Solo espíritus mezquinos gozarían observando a nuestro Presidente, descompuesto, persiguiendo a un insultador por las calles.
Insultar es confesar el fracaso en el ejercicio propio del pensamiento y la palabra. Hay modos legítimos e inteligentes para expresar desacuerdos con el presidente Correa. Los medios independientes, particularmente los periódicos, conceden suficiente espacio para expresar la opinión adversa (o favorable) de los ciudadanos. En ese contexto, resulta irónico pensar que: un día de cárcel, 4 dólares de multa, una disculpa presidencial en cadena pública y quince minutos de fama nacional a lo Andy Warhol son casi un premio por regalarse la minúscula satisfacción de mostrarle el dorso del dedo medio al Presidente de la República del Ecuador. Con ello no quiero decir que la pena debería endurecerse. Simplemente digo que el Presidente no debería concederle esa barata expansión a nadie colocándose al mismo nivel del ofensor.
Aunque el Mandatario dice que no lee este periódico, quizás algún colaborador que lo hace a escondidas podría indicarle que esos son los gajes del oficio más ingrato del mundo: querer gobernar lo ingobernable sin tener que morir en el intento. Podría decirle que quien cultiva amores apasionados en media nación, debe esperar resentimientos enconados en la mitad restante. Podría sugerirle que no aliente afectos tan polarizadamente intensos, porque dentro de cuatro (u ocho) años querrá disfrutar discretamente –como cualquier ciudadano común– con su familia y sin guardaespaldas, de los deliciosos almuerzos dominicales en el Happy Panda. Podría contarle que incluso los Churchill, Roosevelt y de Gaulle sufrieron pifias más ruidosas en los años más duros de sus administraciones.
O simplemente mencionarle que únicamente los Hitler, Mussolini y Stalin jamás recibieron ofensas del público mientras estuvieron en el poder, o mientras vivieron, que en esos casos suele dar lo mismo.