martes 09 de febrero del 2010 Columnistas
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Plutarco Naranjonaranjo@lenguaje.com

La conexión Ecuador-México

Ecuador estuvo habitado desde hace más de 10.000 años: lo comprueban innumerables piezas labradas de obsidiana (vidrio volcánico) encontradas cerca de Quito, así como restos humanos hallados en cuevas del Azuay.

Hace ocho mil años, en la Costa, existió un sitio habitado, Las Vegas, en el cantón Santa Elena. Muy cerca de allí, floreció la cultura Valdivia (3.500 a.C.) que inventó la cerámica, hasta hoy la más antigua del continente americano.

Cuando Cristóbal Colón avistó una isla caribeña, ya nuestras comunidades aborígenes habían llegado a la fase de “integración”, es decir de intercambio y comercio entre las comunidades costeñas y serranas. Con abundantes evidencias, los especialistas aseguran que tal intercambio llegó hasta el noroeste del Perú y el occidente de México.

Carlos Núñez Calderón de la Barca, mexicano, ex cónsul de su país en Ecuador, arqueólogo por estudios y por apasionada vocación, ha dedicado años a la investigación arqueológica, antropológica y especialmente a buscar huellas de esta conexión Ecuador-México. Viajero incansable, conversador pródigo y ameno, dotado de gran voluntad y disciplina, ha puesto por escrito sus ideas y recuerdos en un elegante y bien ilustrado libro:  Los caminos que andan. Contactos marítimos prehispánicos entre Ecuador y México.

Hace allí un amplio recuento de las corrientes marítimas de los dos océanos de América y algo de los mares de Asia. Dedica un extenso capítulo a famosos viajes prehistóricos en China y el Viejo y Nuevo continentes.

Atinadamente, nos recuerda que el primer barco español que zarpó desde Panamá hacia el sur se encontró en mar abierto, a nivel de Manta, con un barco de vela aborigen, al que los españoles asaltaron y cuyas mercancías robaron. Según el relato de Juan de Samano, había entre las mercancías, joyas y “conchas coloradas”. El barco aborigen era de madera de palo de balsa. (En la región manteña abundaba aquel árbol. Es el tema de un magnífico libro, La balsa en la historia de la navegación ecuatoriana de Jenny Estrada). La “concha colorada” o Spondylus princeps, propia del mar de Manabí, era objeto sagrado para nuestros aborígenes. Su presencia periódica en aguas manabitas anunciaba que la divinidad estaba por mandar benéficas lluvias a sus secos parajes. La arqueóloga Karen Stothern, excavando al fondo de represas que hacían los manteños para disponer de agua, encontró la concha sagrada, posiblemente depositada allí para atraer la lluvia. En sitios arqueológicos de la costa norte del Perú se han hallado incontables Spondylus princeps. También en México se los ha encontrado y además aparecen  en varios museos y representados en esos bellos “libros” de jeroglíficos, llamados códices. El hallazgo, entre nuestros asentamientos aborígenes, de piezas y joyas de jade guatemaltecas y turquesas mexicanas ha evidenciado el comercio prehistórico entre tan lejanos países.

Así como en la bahía de Barcelona se expone una réplica de la carabela del primer viaje de Colón, en Manta pudiera exponerse una recreación de aquel remoto barco manteño que comerciaba con joyas y conchas sagradas.

Nadie mejor que Carlos Núñez para llevar adelante la iniciativa.

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