La crisis ecológica tiene como una causa visible “la explotación inconsiderada de la naturaleza, con el riesgo de destruirla” (Paulo VI 1971). Algunas de las consecuencias concretas, ya actuales, son entre otras, “el cambio climático, la desertificación, el deterioro y la pérdida de productividad de amplias zonas agrícolas, la contaminación de los ríos y de las capas acuíferas, la pérdida de la biodiversidad, la deforestación”, “el desplazamiento forzado de prófugos ambientales, la privación de recursos para las próximas generaciones” (Benedicto XVI). “Debemos favorecer la conciencia ecológica” de manera que encuentre una adecuada expresión en programas e iniciativas concretas (Juan Pablo II).
La reserva Yasuní ITT es un santuario de siglos de vida, que queda a la humanidad. En el ejercicio del derecho y de la responsabilidad, que Ecuador tiene en este santuario, no ha de buscar solo “ventajas inmediatas, sin tener en cuenta consecuencias negativas para los seres vivientes humanos o no, del presente y del futuro”. La lección de humanidad que Ecuador puede dar a esos hombres y mujeres “desarrollados”, “progresistas”, “consumistas”, a esas personas, que dan importancia solo al valor económico inmediato y a su yo, ajenos a la “urgente necesidad moral de una nueva solidaridad también con futuras generaciones” (Juan Pablo II 1990), tiene un valor universal histórico.
Estos papas fundamentan la defensa de la ecología en la persona humana, corona de la creación, encargada de cultivarla y guardarla, como administradora responsable. Como tal, ha de seguir descubriendo la gramática inscrita en ella por el Creador, para no abusar.
Una defensa de la ecología, fundada en el ecocentrismo y en el biocentrismo, no es sólida, porque una visión igualitaria de “la dignidad de todos los seres vivientes” abre paso a un nuevo panteísmo, que anula la responsabilidad del hombre. Es además ambigua, porque no jerarquiza el cuidado de los seres, dando a veces más importancia a otros vivientes que a los humanos.
Juan Pablo II y Benedicto XVI señalan la interdependencia entre ecología humana (respetar la vida de los indefensos) y la ecología ambiental.
Benedicto XVI orienta hacia una profunda renovación cultural, a un redescubrimiento de valores, que constituyen el fundamento sólido sobre el cual construir un futuro mejor para todos. El Papa invita a replantear el camino común de los hombres y a un modo de vivir caracterizado por la sobriedad y la solidaridad, con nuevas reglas y formas de compromiso.
La lectura atenta del mensaje de Benedicto XVI no orienta a una mera renuncia pasiva de la explotación de los recursos naturales; orienta sí “a emplear la inteligencia en el campo de la investigación científica y tecnológica y a aplicar los descubrimientos que se derivan de ella… “gracias a las cuales se pueden obtener soluciones satisfactorias y armoniosas para la relación entre el hombre y el medio ambiente”.
Todos somos responsables, afirma Benedicto XVI, de la protección y el cuidado de la creación. Todos hemos de comprometernos, según el principio de subsidiaridad, en el ámbito que nos corresponde, trabajando para superar el predominio de los intereses particulares.