- FEB. 07, 2010 - Foto - Vida local - EL UNIVERSO
Tema
La obediencia de los peces
Los pescadores que hoy menciona el Evangelio habían ya tenido el gusto, según cuenta San Juan, de conocer a Jesús en persona. Ya sabían que venía a transformar el mundo. Pero ninguno de estos hombres –quizás porque el Maestro galileo les pidió que lo pensaran bien antes de dar un paso tan comprometido– había decidido acompañarle como colaborador. Y, por tanto, continuaban con sus barcas y sus redes, tratando de arrancarle al lago de Genesaret sus apreciados peces.
Aquel inolvidable día, tras una mala noche sin un pez, se hallaban derrengados. Pero, como eran pescadores responsables, antes de tomarse su descanso se pusieron a lavar las redes en la orilla. Y así los encontró Jesús.
Ya no era el solitario que acudió al Jordán para que su pariente Juan le bautizara. Era entonces el Maestro que anunciaba el reino tantos siglos deseado, enseñaba la verdad con una autoridad desconocida y probaba la verdad de sus palabras con signos portentosos. Por eso le seguía una encendida muchedumbre.
Jesús, tras el saludo de siempre, subió a la barca de Pedro y le pidió que la apartara un poco. La gente convirtió la orilla en un anfiteatro pintoresco. Jesús estableció su cátedra en el mar. Y cuando terminó, le dijo a Pedro: “Guía mar adentro y echen las redes para pescar”.
Para aquellos pescadores, lo que Jesús pedía era un inmenso disparate. Algo solo sugerible por un carpintero. Es decir, por un señor que no tuviera la menor idea de pescar. Porque si después de trabajar sin parar toda una noche el lago no quiso darles nada, ¿cómo, a pleno sol, les iba a dar alguno de sus peces?
Pero Pedro deja a un lado toda su experiencia y hace lo que se le manda. Primero explica que le cuesta: “Maestro, hemos estado fatigándonos durante toda la noche y nada hemos pescado”. Y luego manifiesta su obediencia: “No obstante, sobre tu palabra echaré las redes”.
Dejó caer los aparejos por la amura de estribor. Y nada más sentarse para esperar, notó que el agua entró en ebullición. Eran miles de pescados los que peleaban por instalarse en su red. Fue tan dura la batalla de los peces por entrar, que casi la rompieron.
“Entonces –consigna el Evangelio– hicieron señas a los compañeros que estaban en la otra barca, para que vinieran y les ayudaran”. Y cuando ya lograron dominar la situación “llenaron las dos barcas, de modo que casi se hundían”.
El final fue que San Pedro, San Juan y Santiago dejaron allí sus barcas y se fueron con Jesús definitivamente. Pero lo que deseo destacar es la obediencia de los peces. ¿Por qué se entusiasmaron con las mismas redes que horas antes habían despreciado?
Sin duda, fue porque Jesús lo quiso. Pero también por la obediencia de San Pedro. Y todo para que quedara claro que quien obedece a Cristo siempre canta victoria.