domingo 07 de febrero del 2010 Columnistas

Un grito

Se me crispan las manos y me enojo conmigo mismo, sentado aquí, frente al teclado, porque me doy cuenta de que no poseo el talento que haría falta para hacerle comprender la urgencia de que acuda con su familia el próximo jueves a la marcha para exigir rentas para Guayaquil y defender la democracia.

No es una protesta cualquiera. No es un asunto de menor importancia. Están en juego tantas cosas que gritaría a los cuatro vientos si eso sirviese para explicárselo.

Guayaquil no es una ciudad exitosa, como asegura su Alcalde. Una cosa es contar con una administración municipal eficiente y otra, muy distinta, haber resuelto los problemas fundamentales de este conglomerado humano.

A Guayaquil le duele una tasa de desempleo cercana al 15% porque su economía, en manos de un economista incapaz, está semidestruida. No tengo que rebuscar en las estadísticas para demostrárselo. Es suficiente con asomarse a la ventana y ver a los muchachos en las esquinas de los barrios populares, sentados al sol, sin hacer nada, porque no tienen oportunidades de estudio ni de empleo.

En Guayaquil, la vida no vale nada. Lo sufren las madres de familia que aguardan por las noches el regreso de sus hijos, sabiendo que los delincuentes acechan en cada esquina mientras la policía, enfeudada al régimen, está ocupada en desordenar el comercio informal de la ciudad.

En Guayaquil, las garantías democráticas no existen. Al cabo de tres años de Revolución Ciudadana, nuestras vidas y nuestros bienes siguen en manos de jueces y fiscales que antes servían al PSC y ahora obedecen, con mayor servilismo aun, a Alianza PAIS; jueces como Ángel Rubio, dispuestos a encerrar con los peores delincuentes a cualquier chico que se queje de su Majestad.

En Guayaquil hay extensas invasiones feudales de inmigrantes, donde Balerio Estacio y sus colegas, como en los antiguos huasipungos, son al mismo tiempo comisarios, sacerdotes y terratenientes. Esa es la gente que más sufre. Por ellos, sobre todo, debemos reclamar, aunque no sean guayaquileños de nacimiento ni consten en los censos.

Guayaquil reclama las rentas que le corresponden porque está abrumada por todas estas carencias sociales y necesita el dinero que le toca para atenderlas. Los casi 400 millones de dólares que el Municipio invirtió el año pasado tuvieron un enorme impacto positivo, y si no hubiese sido por ese dinero, estaríamos peor, muchísimo peor. Pero no es suficiente.

Si no hubiese recursos, lo entenderíamos. Si para darle a Guayaquil hubiese que quitarle a los más pobres, lo comprenderíamos. Pero no es así. El emperador no quiere dinero para los pueblos pequeños sino para comprar favores políticos, para conservar su popularidad y para pagar sus exóticos gustos personales.

Yo no veo por ningún lado esa ciudad “exitosa” de la que habla Jaime Nebot. Yo lo que veo es una ciudad que languidece, entre el río y el estero, añorando sus antiguas glorias. Y si hoy grito es porque anhelo ver el jueves, en su lugar, una ciudad que se levanta para tenderle la mano al país y juntos luchar, costeños, serranos, orientales y galapagueños, por el restablecimiento de la democracia, único remedio definitivo para todos estos males.

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