El ateo no reniega de Dios: prescinde de Él. Aquella carencia lleva al escepticismo, angustia, conflicto interior, malestar espiritual. El prefijo en la palabra a-teo es privativo. Ser ateo es privarse voluntariamente de Dios. Hasta el año pasado me encerré en una rebeldía rabiosa. De pronto visito autistas, criaturas con cáncer terminal, chiquillos con síndrome de Down. Suelo encontrar en ellos una fuerza que me abruma. Hacen frente a su destino con una entereza que confunde. Existe una inocencia que asimila el dolor. Voy aprendiendo. Luego cruzaron mi vida seres humanos de fe profunda que sacudieron mis “certezas provisionales”, entre ellos un sacerdote rebelde con quien pude desfogar mi inconformidad. Fue quien, muy recientemente, me mandó con extrema urgencia a analizarme sin concesiones. Necesitaba agarrarme de una meta, escoger un camino sin voltear la cabeza, volverme libre.
¿Por qué mueren los niños? ¿Por qué ciertos neonatos nacen con deformidades? ¿Por qué la miseria? Viví con aquella llaga en el alma. Hubo una época en que el ser humano no estuvo expuesto a tantas enfermedades, luego llegaron peste bubónica, lepra, cáncer, incurable VIH, estuvo la sífilis ahora controlada (Schubert murió de ella). El hombre creó muchos de sus males: alianzas consanguíneas, manipulación genética, guerras, contaminación, explosiones atómicas, experimentaciones aterradoras. Cosechamos lo que sembramos, la Tierra está muriendo. Ni los impresionantes monstruos de la prehistoria fueron tan temibles como lo es la maldad humana. Si pretendemos prescindir de un ser superior, no queda esperanza alguna sino la dramática angustia de Kierkegaard, Sartre, Jaspers, Heidegger, Nietzsche. De ahí la frase de Tertuliano: “Credo quia absurdum est”. Un mundo sin Dios solo puede ser absurdo. ¿Para qué entonces Bach? ¿Mozart? ¿Wagner? ¿Da Vinci? ¿La Madre Teresa? ¿Kant, mi ídolo del imperativo categórico? ¿Por qué el bien?, ¿por qué el amor?, ¿y mi amable cuchitril?
¡Devoré tantos libros! Me parece que el más completo sigue siendo ¿Existe Dios?, de Hans Küng, pues enfrenta a los más grandes filósofos. Me vi abocado al pensamiento del humanista mayor. “Tuve hambre: me diste de comer; tuve sed: me diste de beber; estuve enfermo: me reconfortaste; estuve desnudo: me vestiste; estuve preso: me visitaste”. Cansado de dar vueltas tomé conciencia el año pasado de tantos errores cometidos por mí: idea equivocada de la inteligencia, distorsión del concepto amoroso, ignorancia huraña del entorno familiar, egoísmo que frisaba la inconsciencia, vanidad infantil frente a la implacable condición mortal.
Solo disponemos de aquel breve espacio entre el nacer y el morir para convertirnos en seres humanos, animales superiores o empanadas de viento. Reacciono, enfrento mis dudas, lamento mi orgullo, hay gente a la que debería pedir disculpas. ¿A quién hice daño? ¿Qué fue lo que hice bien? ¿Qué fue lo que hice mal desde el mismo momento en que nací? Habiendo que escoger a un humanista escogí a Jesús, aceptando lo que venga, bueno o malo: espero morir en paz conmigo mismo y con los demás cuando llegue al final del camino. Amar, perdonar, tratar de no lastimar, no falta más: todo está dicho. Lo importante no es confesarse sino arrepentirse.