Sábado 06 de febrero del 2010 Cine y TV

‘La Dolce Vita’, o el antes y el después en la historia del cine

EFE | ROMA

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El 5 de febrero de 1960, las salas de cine italianas fueron testigo del sueño felliniano: el estreno de La Dolce Vita, película que se convirtió en el símbolo de un estilo de vida.

El 5 de febrero de 1960, las salas de cine italianas fueron testigo del sueño felliniano que marcaría un antes y un después en la historia del cine y que se convirtió en símbolo de un estilo de vida, de una dolce vita romana marcada por las exhibiciones mundanas, la decadencia y los excesos.

Las paradojas de La Dolce Vita encontraron ya su expresión desde la primera oleada de reacciones y críticas, con elogios, admiración, insultos y ataques que arremetían contra la supuesta inmoralidad de la película o su clima corrupto, y que no fueron más que la confirmación del inicio de un mito.

El Centro Católico Cinematográfico colgó al filme la etiqueta de “escluso per tutti” –excluido para todos– y  los críticos que dieron opiniones favorables a la película fueron despedidos de los rotativos.

La huella imborrable que dejó el director de Otto e mezzo o Amarcord trazó un fresco lleno de símbolos, un mosaico de estereotipos y un universo onírico que muchos buscan aún al perderse por las calles de Roma. La diva interpretada por Anita Ekberg, que repite hasta la saciedad su llegada al aeropuerto para posar ante los fotógrafos, el intelectual atormentado o el cazador de imágenes comprometidas, desde entonces bautizado paparazzo, desfilan por esa fantasía hecha realidad, fragmentada en escenas aparentemente inconexas y paradigma de una agridulce “noche romana”.

Poco queda ya de aquellas reuniones de los paparazi en la Via Veneto de Roma, pero la magia con que el maestro de los sueños dotó a La Dolce Vita, con sus más sorprendentes contradicciones, conserva algunos rincones, como el famoso Café de París, que Fellini retrató y convirtió en uno de los centros del glamour de la cinematografía europea.

Ese histórico local, ícono de un mundo tan extravagante como vacío, corrupto y enrumbado al naufragio, pertenece hoy a la mafia de Calabria, la Ndrangheta, que lo adquirió hace un año por 6 millones de euros.

Tampoco ha sido estelar el destino de discotecas como Jackie O, símbolo de la vida nocturna romana, frecuentada por Grace Kelly, Jacqueline Bisset, Marcello Mastroianni o Vittorio Gassman y, en los años noventa, punto de encuentro de criminales y delincuentes.

Pero si uno se aleja de Via Veneto encontrará uno de los lugares más vivos de esa belle époque italiana, que hizo de la Ciudad Eterna un centro de celebridades durante los rodajes de Ben Hur o Quo Vadis: la Taverna Flavia, un restaurante que el tiempo ha convertido en museo fotográfico, dirigido por Mimmo Cavicchia desde hace cuatro décadas.

Las paredes de este mágico establecimiento, entre los favoritos de las estrellas también en la actualidad, son un auténtico mural de autógrafos en el que lucen centenares de firmas y rostros conocidos, desde Sofía Loren y Audrey Hepburn hasta Woody Allen o Pedro Almodóvar. Testigo de historias de cine como el romance entre Richard Burton y Elizabeth Taylor, máxima protagonista del local, con una sala que lleva su nombre. Ahí están enmarcadas sus sandalias de Cleopatra, quizás la pieza más cotizada de este restaurante-museo, que Liz regaló a Cavicchia cuando rodó la película.

“Los protagonistas de la dolce vita eran los actores, y los espectadores salieron a la calle para vivir y actuar como ellos. Todos se volvieron locos y querían imitar a los personajes del cine. Cada uno se sentía protagonista a su manera”, afirma Cavicchia.

Así nacieron las ganas de recuperar el tiempo perdido, de vivir una locura que Fellini inmortalizó con la mítica escena en la Fontana di Trevi, cuyas aguas tienen aún la huella de Anita Ekberg.

Ella convirtió en sueño de muchos un baño en esa fuente siempre abarrotada de turistas. Fantasía irrealizable también para la propia actriz, puesto que la escena se rodó en una copia recreada en el estudio 5 de Cinecitt, donde se instaló la capilla ardiente del maestro en 1993. Los estudios de cine romanos son hoy una fábrica de sueños que conserva el sello de los grandes del neorrealismo y de Martin Scorsese o Francis Ford Coppola.

De algún modo, Roma es aquella ciudad imaginada por Fellini. Pero “la  dolce vita se acabó”, sentencia Cavicchia. “Ya no existen esos grandes personajes; ahora los actores solo están un día para presentar su película y están condicionados por sus agentes publicitarios. Además, la gente está invadida por la televisión. Si ‘El Gran Hermano’ bate récord de audiencia, ¿qué dolce vita es? ¡Es la amarga vida!”.

Por Via Veneto desfilan ejecutivos, se erigen sedes de grandes bancos y hoteles de cinco estrellas. Solo placas conmemorativas, fotografías y algunos bares como el emblemático Harry’s Bar, que aún conserva su luz, son un reclamo para nostálgicos que quieran respirar los resquicios de aquella  dolce vita.

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