sábado 06 de febrero del 2010 Columnistas
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Cecilia Ansaldo Briones

Perder el tiempo

Mientras hacía fila en una agencia bancaria –lamentando haber dejado el libro que siempre llevo conmigo para llenar esos paréntesis– me dio por pensar en todas las instancias de la vida que nos condenan a la terrible sensación de perder el tiempo. Convencida de que el tiempo no lo marca el reloj ni el calendario –lo he escrito varias veces– también ando por allí repitiendo el lugar común de que la vida es muy corta. La constatación genera angustia cuando se la piensa al calor de  cualquiera de las dos cargas extremas: que hemos venido al mundo a gozar o que hemos nacido para cumplir deberes.

Lo cierto es que en cantidad de ocasiones los días –y hasta los años– se consumen en acciones que parecerían que no han dejado ningún fruto.
Cuando me enfrento en la universidad al estilo balbuceante, reducido y plagado de errores de los estudiantes, les recuerdo que están en esas condiciones luego de doce años de lidiar con clases de lengua nativa. ¡Doce años!  E imagino los cientos de horas de los acuciosos profesores dedicados a la casi imposible persuasión de que la herramienta lingüística es fundamental para ser un profesional de fuste (y me sale aquí una expresión que la mayoría de jóvenes no conoce, la dejo para ejercicio de los lectores).

Es verdad que el estado general de las cosas no alimenta el ideal del aprovechamiento del tiempo, que se deja mucho a la improvisación y que hasta a la persona organizada y hacendosa, el incidente diario es razón de atrasos y frustraciones. Soy una devota de la Ley de Murphy porque en demasiadas ocasiones he sido atrapada por el azar infortunado que complica en espiral las circunstancias. Sin embargo no puedo atribuirle a la casualidad lo que brota de la irresponsable acción humana. Algo tan simple como la puntualidad podría cultivarse con hábitos firmes y sentido de la previsión.

En nuestro país hay, constantemente, una gran falta de valoración del tiempo. Muchas cosas quedan para mañana, cuando –como dice el dicho– pueden hacerse hoy. Si yo contara los minutos y  gestiones que he dedicado desde hace tres meses para que la flamante Corporación Nacional de Telecomunicaciones me atienda la solicitud de reparación de mi teléfono, tendría medido un buen lapso. En visita personal al Centro del Sector Sur se me dijo que habría “un operativo de reparaciones” durante todo un fin de semana. El tal operativo todavía no llega a mi domicilio. Cada ciudadano tiene sus propias anécdotas sobre el insufrible viacrucis que supone el desfile por los númerosos ámbitos de servicios públicos.

Si el tiempo es la columna vertebral de la vida, si se nos da en cifras mínimas e imprevistas como un legado que no pedimos, si cada etapa tiene su sentido y ritmo pese a que se cuente en cifras iguales, bien podríamos tener claro en qué usarlo y cómo. Y respetar el tiempo de los demás. Y no apreciar tanto el sueño como la inactividad.

Por mucho de esto, cuando muy suelto de lengua el autoritarismo en boga habla de siglos de “revolución”, de centurias de gobierno monolítico, creo que ha perdido la visión de la realidad. Nadie puede apropiarse de la historia. Nadie tiene derecho a devorar nuestro tiempo.

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