- FEB. 05, 2010 - Foto - Cine y TV - EL UNIVERSO
Hace unos días me detuvo la columna La Baticrítica de Torffe Quintero, en esta misma sección. En su texto rescataba la postura de ciertas series antiguas en las que los villanos eran tratados con compasión, en las que se integraban una mirada y una reflexión sobre la condición humana, abordando explicaciones más que ajusticiamientos. Eso me llevó a recordar la película El ladrón de bicicletas (Vittorio de Sica, 1948).
Una historia sin mayor presupuesto que evidencia, de una manera simple, cotidiana y muy conmovedora, la realidad de una sociedad personalista y sin piedad, y compararla con la desmedida fascinación que hay con Avatar, de James Cameron. Mi conclusión final: el triunfo aplastante y demoledor de la sociedad del espectáculo. La forma se tragó y vomitó al contenido.
Parecemos animalitos que deben ser impresionados y conducidos rápidamente por el vértigo, sin mucho que pensar. Y eso se traslada también a la televisión, grandes explosiones, chistes repetidos sobre sexo o raza, la imitación de homosexuales, etcétera.
Aunque como me escribió un amigo, Avatar nos deja dos grandes enseñanzas: “Cuando logras domesticar un pájaro, para efectos de transporte y recreación, se crea una relación que dura toda la vida… salvo que consigas un pájaro más grande y rojo” y “para ser un líder respetado tienes que tener el pájaro más grande de la comarca”. Para hombrecitos azules, me quedo con los pitufos. Para ver historias, vuelvo a la de Batman y la de la bicicleta.