Si por artilugios de lo sobrenatural, Medardo Ángel Silva volviera a recorrer Guayaquil, ¿cómo reaccionaría nuestro poeta emblemático frente a lo que está pasando en su ciudad? La pregunta es legítima porque el vate –de quien se cree equivocadamente que solo ensoñaba con amoríos y muertes– produjo una consistente crítica al proyecto de expansión urbana de los poderes políticos, económicos y sociales de entonces: Silva experimentó un desgarramiento entre acoger sin más los adelantos materiales y advertir los cambios drásticos de valores que podían echar al traste con el cultivo de lo espiritual y, por tanto, con la implantación de lo cultural como basamento de la cotidianidad.
En 1919 Medardo Ángel Silva publicó en El Telégrafo crónicas periodísticas que incluso aparecieron en la primera plana del diario. Con ojos de poeta, observó los escenarios más característicos de su puerto natal, y dividió en cuatro la vida urbana: la ciudad doliente (asilos, hospitales, cárceles, morgues, hospicios, manicomios), la ciudad mística (las iglesias), la ciudad delincuente (vagabundos, ladrones, asesinos, garroteros), y la ciudad nocturna (prostíbulos y garitos). En pleno apogeo de modernidad, la existencia de estos minipoblados dentro de la urbe generó en Silva temores y aprensiones con respecto al florecimiento de Guayaquil.
Acaso los miedos del bardo porteño acerca de la dificultad de privilegiar el impulso al espíritu y a la cultura se han cumplido en la ciudad de hoy. Y por eso demandaría que, cuando se hable de modelo de desarrollo, no solamente se considere la obra física –cuestión básica para el bienestar colectivo, sin duda–, sino que se sopesen las ofertas que en relación con el avance de la civilidad ofrece el patrón actual de progreso. Celebraría, es cierto, el ornato y reordenamiento urbanos –él, que deambulaba gustoso por callejones y parques–, pero cuestionaría a las autoridades que a lo largo de un siglo no han impedido que Guayaquil se polarice en los extremos de riqueza y pobreza.
Silva interrogaría a fondo por el significado de la prosperidad en el siglo XXI. E insistiría en que los conglomerados se destaquen por su capacidad de generar paradigmas de comportamiento civilizado. En torno a la disputa entre el Gobierno central y el Gobierno local –en la que ambos bandos exhiben argumentos, papeles, resoluciones y clama cada uno tener de su lado la justicia y la verdad–, Silva se pondría junto a la ciudadanía que está construyéndose en la esperanza de un mejor país y que exige que el Presidente y el Alcalde no se enfrenten y no recurran al pueblo en una mera disputa de fuerza por el poder.
Medardo Ángel Silva organizaría su propia marcha, seguramente en solitario, pues es difícil que los poetas convoquen multitudes. Marcharía para que los conductores no desobedezcan el semáforo en rojo y para recordar que los peatones tienen la razón. Marcharía para que las mujeres no sean víctimas del masculino acoso ofensivo callejero. Marcharía para liquidar lo que entendemos por viveza criolla. Marcharía para promover una visión solidaria del uso del suelo ciudadano. Marcharía para que los más necesitados alcancen empleos dignos. Marcharía en favor de la cortesía. Marcharía para que las personas estén siempre protegidas de los forcejeos de todos los poderes.