viernes 05 de febrero del 2010 Columnistas
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Pedro X.Valverde Rivera

Alquilo balcones

En varios artículos anteriores hemos indicado que muchas de las decisiones desde Carondelet se toman en función de los designios de la bolita del cristal del siglo XXI: las encuestas.

Precisamente, envalentonados en la arrolladora popularidad del proyecto en los inicios de la revolución, arremetieron contra lo que quedaba de la alicaída institucionalidad democrática. Y funcionó; muchos de los que hoy se rasgan las vestiduras acusando a la revolución de ser autoritaria y antidemocrática, alzaron sus manos en el Congreso, luego en la Asamblea Constituyente para iniciar el camino hacia la consolidación de todos los poderes.

Muchos columnistas y líderes de opinión que hoy protestan airadamente contra las amenazas a la libertad de expresión justificaron la destitución del Congreso, de la Corte Constitucional y de los organismos de control bajo el absurdo argumento del cambio necesario, de la destrucción de la partidocracia.

No entendieron que no se trataba de rescatar las instituciones, sino de arrebatarlas para consolidarlas al servicio de un proyecto político mucho más agresivo y restrictivo de derechos que aquel que tanto cuestionaban de la tan vilipendiada partidocracia.

Y mientras toda esta gente hipnotizada por el odio a la partidocracia, miraba de reojo y con socavado placer cómo la revolución arrasaba el  establishment político, el proyecto se consolidaba para luego arremeter contra ellos mismos.

La revolución entendió que se necesitaban altos niveles de popularidad para tamaña agresión; por ello, en la agenda se incluyeron periódicos procesos electorales que con el apoyo descarado de los poderes recién tomados, le permitirían alimentar la esperanza de nuestro desesperado pueblo y recuperar la popularidad que el desgobierno agendado debilitaría cíclicamente.

Así llegamos hasta mediados del 2009 con la reelección de  Correa; y desde entonces, la caída de la popularidad no ha sido detenida.

Las cadenas y la publicidad oficial, lejos de ser la valiosa herramienta de antaño, hoy desborda la paciencia de los ciudadanos que sentimos invadidos nuestras mentes y nuestros hogares por la otrora cancioncita patriótica y el líder en la montaña. Como por arte de magia, al momento en que las encuestas reportan un indetenible descenso de la popularidad llegando incluso, según informes publicados en los medios, a estar por debajo del 50% a nivel nacional, su entorno comienza a resquebrajarse.

Primero fue la Ley de Comunicación, luego el cierre de Teleamazonas  y radio La Voz de  Arutam, luego el reparto de las rentas a los municipios del país; después la condena por la sentencia en el caso Filanbanco y, finalmente, el caso de Natalia Emme.

En menos de tres meses, el férreo voto del bloque de PAIS a favor de los designios del Presidente se ha relajado, volviéndose receptivo, crítico e incluso contrario a las intenciones del superior.

¿Y todo ello, por el milagro de las encuestas? Cuando suben, se arrasa todo; ¿y cuando bajan?

Me contaba un viejo político que el poder político mal entendido (al estilo ecuatoriano) depende de la popularidad; cuando hay popularidad, el funcionario público visita la casa del político y, si puede, hasta le pega una lustrada a sus zapatos; pero cuando la popularidad sale por la ventana, el poder destruye la puerta en su huida. El funcionario público no solo que no visita al político en su casa; ya ni siquiera le contesta el teléfono.

Alquilo balcones para ver qué sacan de la manga estos genios de las encuestas.

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