martes 02 de febrero del 2010 Columnistas
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Iván Sandoval Carriónivsanc@yahoo.com

Anthropoliticus equatorianensis

Las imágenes son recientes pero gastadas. El presidente Correa descalifica los reclamos por las rentas para Guayaquil del alcalde Nebot, imitando su voz y simulando mohines de niño caprichoso: hilaridad total de un público adicto. El aludido burgomaestre, en idéntica vena humorística y en paralelo andarivel de argumentación, replica felicitándolo porque mediante esa imitación finalmente “puede hablar como hombre”: un auditorio leal festeja la ocurrencia. Los medios gozan repitiendo las imágenes. Me pregunto qué motiva esa extraña conducta en dos hombres inteligentes, ciudadanos ejemplares y buenos jefes de familia. Me respondo que no son hombres ordinarios como yo, porque ellos –igual que otros menos  dotados– pertenecen a una excepcional especie, endémica de nuestra región, a la que llamaría el  anthropoliticus equatorianensis,  el político ecuatoriano.

Los políticos ecuatorianos habitan en nuestro país desde 1830. Diferentes del zoon politikon  (animal político) de Aristóteles, comparten empero nuestro genoma y a primera vista no se distinguen de nosotros. En cierto sentido son nuestra propia creación: ubicados en las antípodas de los ideales de la Grecia clásica, los construimos y los elegimos porque consideramos que “la política es un trabajo sucio pero alguien tiene que hacerlo”. Desde de que los ungimos, esta ambivalencia de atracción y repulsión colorea toda nuestra relación con ellos: inicialmente idolatrados, tarde o temprano los aborrecemos, porque creemos que son el mal necesario para sostener esta tragicomedia que llamamos democracia. Cuanto más los amamos, más nos odiamos a nosotros mismos por necesitarlos y por perder el tiempo y el sueño informándonos sobre sus actos, declaraciones, chistes, peleas, rinoplastias, amoríos, farras y decisiones.

Desde esta histérica posición de “seducidos y abandonados” que los ecuatorianos mantenemos frente a estos seres, nunca nos preguntamos sobre los fundamentos de nuestra dependencia de ellos, sobre nuestro falso desvalimiento para que se crean indispensables, sobre nuestra obstinación en conseguir su respeto y su favor, sobre nuestra insistencia en lograr que nos escuchen y sobre las razones de nuestra compulsión a la repetición del desencanto. Mantenemos con ellos un desideologizado idilio semejante al que sostenemos con los técnicos de la Tricolor, somos enamorados exitistas cuya pasión vacila al primer empate en cancha propia. Los acusamos de “populismo”, desconociendo que nuestra falta de sacrificio, nuestras demandas irreales y el condicionamiento de nuestro voto, alientan sus propias políticas regalonas. Si excepcionalmente alguno de ellos tuviere genuino afán de servicio, ya perdimos la capacidad para distinguirlo de los demás políticos ecuatorianos.

La condición de “ciudadano” no brotará del aire por decreto, ni como efecto de propaganda o adoctrinamiento organizado por cualquier gobierno de turno. Solo será producto de un proceso, de nuestro propio trabajo, del cumplimiento de nuestras obligaciones, de nuestra exigencia por el respeto a la ley y a la Constitución, de nuestra intolerancia frente a funcionarios que destinan autos oficiales para uso particular de sus esposas, de nuestro bostezo frente a los chistes de los líderes para que dejen de hablarnos como si fuéramos estúpidos, de nuestro abucheo a la legión de jueces que se excusan de conocer un caso peliagudo, de nuestro repudio al gremio de fiscales que adulan al jefe y de nuestra curiosidad para mirar si el traje que viste el anthropoliticus equatorianensis  esconde una desnudez como la nuestra.

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