lunes 01 de febrero del 2010 Columnistas
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Paul Krugman

La adivinanza de Bernanke

EE. UU.

Un republicano ganó en Massachusetts –y repentinamente no está claro si el Senado confirmará a Ben Bernanke para un segundo periodo como gobernador de la Reserva Federal–. No es tan extraño como suena: Washington notó repentinamente el enojo popular por las políticas económicas por las que rescató a los grandes bancos, pero no pudo crear empleos. Y Bernanke se ha convertido en un símbolo de esas políticas.

¿Cuál es mi posición? Admiro profundamente a Bernanke, como economista y por su respuesta a la crisis financiera. (Revelación completa: antes de ir a la Reserva, dirigió el departamento de economía de Princeton y me contrató para mi actual cargo allí). No obstante, sus detractores tienen un argumento sólido. Al final, estoy a favor de su ratificación, pero solo porque rechazarlo podría empeorar las políticas de la Reserva, no mejorarlas.

¿Cómo llegué al punto donde eso es lo más que puedo decir?
Bernanke es un espléndido investigador en Economía. Y desde la primavera del 2008 hasta la del 2009, su experiencia académica y su papel político se amalgamaban perfectamente, ya que usaba tácticas agresivas y poco ortodoxas para evitar unaMientras que Bernanke no parece suficientemente preocupado por el desempleo y demasiado por la inflación, muchos de sus colegas son peores. Reemplazarlo con alguien menos establecido, con menos habilidad para influir en las discusiones internas, podría te segunda Gran Depresión.

Desafortunadamente, esa no es la historia completa. Antes de que pegara la crisis, Bernanke era en gran medida un funcionario convencional en la Reserva, de la corriente principal, que compartía totalmente la autocomplacencia de la institución. Peor, después de que terminó la fase aguda de la crisis se deslizó de nuevo a esa corriente principal. Una vez más, la Reserva es peligrosamente autocomplaciente, y, una vez más, parece que Bernanke la comparte.

Hay que considerar dos cuestiones: la reforma financiera y el desempleo.
En julio, Bernanke se manifestó en contra de la propuesta clave de reforma: la creación de un nuevo organismo de protección al consumidor financiero.
Exhortó al Congreso a mantener la situación actual, en la que la protección al consumidor de prácticas financieras injustas es responsabilidad de la Reserva.

Sin embargo, este es el asunto: durante la fase preliminar a la crisis, a medida que proliferaban los abusos financieros, la Reserva no hizo nada. En particular, ignoró las advertencias sobre los préstamos de riesgo. Así que fue sorprendente que en su declaración Bernanke no reconociera esa falla, no explicara por qué pasó, y no dio razón alguna para creer que la Reserva se comportaría en forma diferente en el futuro. Su mensaje se redujo a: “Sabemos lo que hacemos; confíen en nosotros”.

Como dije, la Reserva retornó a una autocomplacencia peligrosa.
Y está el desempleo. Puede ser que la economía no se haya colapsado, pero está en un estado terrible, porque quienes buscan trabajo superan las vacantes en seis a uno. Ni Bernanke espera una mejoría rápida: el mes pasado, mientras pronosticaba que el desempleo bajaría, reconoció que el índice sería “más lento de lo que nos gustaría”. ¿Así que qué propone hacer para generar empleo?

Nada. Bernanke no ha dado ningún indicio de que sienta la necesidad de adoptar políticas que pudieran bajar el desempleo más rápidamente. Más bien respondió a las sugerencias de mayores acciones de la Reserva con lenguaje estereotipado sobre “sujetar las expectativas inflacionarias”. Es duro pero cierto decir que está actuando como si su “Misión Cumplida” hubiese sido el rescate de los grandes bancos.

¿Qué pasó? Mi opinión es que Bernanke, como muchas personas que trabajan muy de cerca con el sector financiero, terminó viendo al mundo a través de los ojos de los banqueros. Lo mismo se puede decir de Timothy Geithner, el secretario del Tesoro, y de Larry Summers, el principal economista del gobierno de Obama. Sin embargo, ellos no dependen del Senado como Bernanke.

Dado lo cual, ¿por qué no rechazar a Bernanke? Hay otras personas con la influencia intelectual y la inteligencia en políticas públicas para asumir su papel: entre las posibles opciones estaría mi colega en Princeton, Alan Blinder, un ex vicegobernador de la Reserva, y Janet Yellen, gobernadora de la Reserva Federal de San Francisco.

Sin embargo –y aquí viene mi defensa de la ratificación de Bernanke–, cualquier alternativa buena para el cargo se enfrentaría a una golpiza en el Senado. Y escoger una opción mala tendría consecuencias verdaderamente funestas para la economía.

Más aún, las decisiones de políticas públicas en la Reserva se toman por votación del comité. Y mientras que Bernanke no parece suficientemente preocupado por el desempleo y demasiado por la inflación, muchos de sus colegas son peores. Reemplazarlo con alguien menos establecido, con menos habilidad para influir en las discusiones internas, podría terminar fortaleciendo las manos de los halcones de la inflación y dañando aún más la creación de empleos.

No es un refrendo ruidoso, pero es lo mejor que puedo hacer.
Si Bernanke es ratificado, él y sus colegas necesitan darse cuenta que lo que consideran un éxito de políticas públicas es en realidad un fracaso. Hemos evitado una segunda Gran Depresión, pero enfrentamos desempleo generalizado –que arruinará las vidas de millones de estadounidenses– en los años por venir. Y es responsabilidad de la Reserva hacer todo lo que pueda para exterminar esa plaga.

© 2010 The New York Times News Service

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