Tres años después

Hay un viejo dicho que señala que Dios no escoge a los capacitados sino que capacita a los escogidos para el cumplimiento de cualquier tarea, especialmente las que tienen que ver con el servicio al prójimo que no otra cosa es el servicio público bien entendido. Y si los ciudadanos que eligieron a Rafael Correa tuvieron presente esa frase al ir a las urnas, no había razón para que en algún momento dudaran, antes de los tres años ahora transcurridos, de que el equipo gubernamental -aunque careciera de experiencia- cumpliría con las expectativas que despertó la candidatura de su líder en el 2006.

Ni entonces ni en la actualidad, después de esta larga travesía, alguien ecuánime puede desconocer que el país padecía -y sigue padeciendo- de una conducción política sesgada que no admite apertura, pues sigue vigente la idea de que "el que no está conmigo está contra mí" y de que al opositor hay que pulverizarlo porque de lo contrario, si se lo deja con vida, apenas recobre sus fuerzas arremeterá con todas sus armas, lícitas o de las otras, para aniquilar a su rival.

Con mis amigos cercanos, en nuestras habituales tertulias, he comentado con beneplácito algunas de las ideas rescatables que ha tenido el actual Gobierno sobre la corrección de malas costumbres, prácticas censurables, intereses sectarios, círculos privilegiados, etcétera, que fueron moneda corriente en varios regímenes del pasado, pero como no he visto que exista, tampoco ahora, una relación causal directa entre el propósito y la acción, tengo que señalar los yerros y las fallas gubernamentales que a algunos lectores no les gusta mientras que otros las disfrutan, pero así es la democracia y la libertad para actuar, sin compromisos ni ataduras, con fidelidad solo al pensamiento y a las convicciones.

Puede ser que el propósito de Rafael Correa y de sus lugartenientes haya sido hacer una revolución, pero lo alcanzado hasta el momento no deja de ser, en los temas de fondo, un tibio reformismo con resultados sobredimensionados a través de una campaña publicitaria millonaria y permanente que se realiza por todos los medios propagandísticos a su alcance, gubernamentales o no. Además, percibo como una de las fallas estructurales del régimen el carecer de un sólido equipo de gobierno al cual el Presidente escuche y respete, pues la única cabeza que propone y dispone es la suya como lo demuestra el último y reciente colapso de un segmento de funcionarios -todos ellos de limpia conducta y de buena fe- relacionados con el proyecto Yasuní-ITT, que se vieron forzados a renunciar por la pública descalificación que aquel hizo de su trabajo con organizaciones extra y multinacionales y que, por lo que se puede apreciar desde lejos, ha sido responsable y bien llevado.

Por supuesto que quien dirige un Gobierno, en el Ecuador o en cualquier parte, tiene derecho a escoger a sus colaboradores, pero luce necesario, por el propio bien del Presidente y por el del país, que abra el abanico para invitar a personas que le resulten confiables fuera de su grupo político, pero que tengan su propio peso específico para que se conviertan en interlocutores suyos que lo induzcan a la reflexión y a la maduración de la ideas, a fin de que exista una dosis mayor de tolerancia y menor de prepotencia y autoritarismo.

Sería un buen comienzo del cuarto año del régimen.