París, aun gélida, grandiosa

FRANCIA |

Los turistas se amontonaban en el calefaccionado quiosco de  souvenirs  del segundo nivel de la Torre Eiffel; más que comprar o curiosear, buscaban ampararse del frío brutal que se sentía allí, a 115 metros de altura y al aire libre. La vista, hermosa, pero… “Está haciendo 20 grados bajo cero ahí afuera”, comentó la vendedora. Exageró, pensamos; sin embargo, con dos pares de medias, dos pantalones, dos camisetas, buzo, pulóver, sacón, bufanda, gorro y guantes, estábamos tiritando.

Elegimos el peor momento para estar en París: una inclemente ola de frío polar tiene en jaque a Europa, la nieve complica rutas, cierra aeropuertos y escuelas, sepulta autos. Pensamos que el metro, ese soberbio entramado subterráneo parisino, sería un cálido refugio. Ni ahí. Llegamos a la Gare de L’Est (una de las estaciones terminales –o iniciales– del ferrocarril) y el viento gélido parecía expulsarnos. “¿No hay calefacción acá?”, preguntamos. No. ¡Ni el subte abrigaba…! Llamativo: escasos lugares públicos están acondicionados. Por unos cuantos días fuimos partidarios del calentamiento global.

El fútbol, aquí, es el tema de conversación número 328. Hay un solo club capitalino en primera, el otrora importante París Saint Germain, que hoy andando bien comparte el séptimo puesto con Rennes y Lorient. Además, desde el corte del torneo para Navidad y Año Nuevo, el fútbol se reanudará el 16 de enero. El clima y la nieve impiden jugar.

¿A quién se le ocurriría pensar en fútbol en París...? ¡Con todo lo que hay para ver...! Lástima el frío. Volvimos al casi indescriptible palacio de Versalles, cuyos jardines en verano habrán asombrado cada mañana de 1700 al propio Luis XIV, quien los mandó a construir. Ahora, toda su verde y gloriosa inmensidad es blanca: está tapada por un grueso manto de escarcha. Al igual que la Torre Eiffel, Versalles está siendo sometido a reparaciones para dejarlo listo para la temporada cálida.

En la entrada del palacio de Versalles, a ambos lados de la colosal reja interior, dos regios edificios de columnas culminan arriba con una leyenda: “A todos los que hicieron la gloria de Francia”. Es indudable que París, su delicioso suburbio, son el resultado, el extracto de una civilización gloriosa, irrepetible e iluminada, de grandeza singular. Cada esquina es un monumento en sí misma; cada detalle arquitectónico un alarde de buen gusto. Hasta la denominación catastral de las calles, con artísticos carteles verdes y azules, letras blancas, es un encanto que uno no deja de apreciar. Las plazas, la perfecta simetría de los edificios, los bulevares, diagonales, cafetines, la misma entrada del subterráneo con su delicado arco y la palabra “Metropolitain”… Todo ello sin hablar de los incontables monumentos, catedrales, museos, parques y avenidas como la de los Campos Elíseos, el Sena atravesando la cintura de la ciudad con sus barquitos de paseo y sus puentes (la imponencia del de Alejandro III de Rusia)…

No obstante, el esplendor emana del pasado, no del presente. La actualidad francesa es la de un país como tantos, con sus rosas y espinas, que debe transpirar mucho la camiseta para combatir el desempleo y la inflación, para mantener sus exportaciones y su estándar de vida. En ese trabajoso marco, los millones de turistas efectúan un sustancioso aporte a la canasta familiar de la nación.

También hay un universo de millones de inmigrantes. “¿Quedan franceses en París…?”, preguntó un latinoamericano (vimos varios), medio en serio y medio en broma. El África negra, la magrebí, el Asia y Europa del Este están presentes en miles y miles de rostros que vemos en el subterráneo, el tren, la calle, los puestos de trabajo como camareros, choferes, policías, basureros, cocineros, dependientes de tiendas, vendedores ambulantes.

Los inmigrantes parecen encontrar cabida, trabajo y tolerancia. No se nota discriminación, al menos en la fugaz mirada de la calle. Pero darles trabajo a algunos millones de africanos y asiáticos es la mínima compensación por todas las riquezas que Francia se sirvió de sus numerosas colonias de ultramar.

El lujo excesivo y la vastedad de Versalles o el Louvre, antiguas residencias reales, junto con la belleza inquietante de María Antonieta y la estupidez de Luis XVI explican en parte la caída de la monarquía. Pero, ¡cómo es la rueda de la vida!, aquella excentricidad de la nobleza es hoy motivo de atracción turística. Cinco millones de ávidos visitantes llegan cada año al Louvre y otros tantos a Versalles, a los más de 60 museos, a la Disney europea. Siete millones hacen cola (y no es metáfora) para conocer la Torre Eiffel.

Nada es barato, menos para los bolsillos latinoamericanos. La entrada más módica al palacio de Versalles, sin audioguía ni libros explicativos cuesta 15 euros. Viniendo en familia duele bastante. Y a ello hay que sumar transporte, comidas, algún recuerdillo.

Aquí, América Latina casi no figura en el mapa de las noticias. Con sorpresa vimos en el diario Liberation un artículo de buen porte, con una foto, dedicado a la muerte del cantante argentino Sandro. No más.

París no exhibe la prolijidad y elegancia de otros tiempos; se la advierte un tanto descuidada y poco aseada. Es justo decir que la nieve, aunque bonita, enchastra calles y veredas, afea el cuadro general.

Aun así, gélida y sin rouge, luce grandiosa, París. Nada empaña su maravilloso, inigualable rostro urbano.

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