Una historia que retrata sus inseguridades, sufrimientos, amantes y ascenso hasta convertirse en un ícono mundial. Una marca, como se dice ahora.
Mientras disfrutaba de la atrayente frialdad de Chanel en pantalla grande, pensaba en uno de los conceptos que la convirtieron en esa poderosa fuerza de cambio social: la simpleza.
Un estado difícil de alcanzar, lo simple muy pocas veces encuentra espacio en nuestras mentes barrocas, históricamente afectadas por una cultura recargada y visualmente densa. La famosa frase menos es más funciona entre nosotros únicamente como gatillo para devenir en lo que realmente conocemos: más es más.
Rememorando días pasados, Navidad –irónico– es el show de lo antisimple: grandes mesas decoradas con empalagosos tonos rojos y dorados, comida en abundancia y competencia interna por paquetes de regalos extra large.
Días en donde la austeridad queda huérfana, acogiendo a brazos abiertos la glotonería ilimitada del consumo. O al menos el deseo del consumo, que es lo mismo.
Por aquí lo simple huele a pesadilla: soñamos con autos gigantescos, tacones altísimos y teléfonos con funciones que nunca usaremos. ¿Quién se entusiasma con un vehículo que solo nos transporte o con un celular que únicamente sirva para comunicarnos con nuestros amigos?
Tuve un encuentro cercano con esta imposibilidad de lo simple hace poco tiempo. Dictando una conferencia en Riobamba, presenté una selección de logotipos diseñados por mí durante los últimos años. En algún momento, una persona se paró y dijo cortés pero decididamente: “No me gustan tus logos, todos están en blanco y negro”.
La ausencia de color, efectos y decorados –banalidades–, le cerró los ojos a mi trabajo. Lo que yo pensé decía tanto, para él no decía nada. Necesitaba mucho más.
Otro grande de la moda del siglo pasado, Geoffrey Beene, dijo en una ocasión: “Antes hacía cosas simples porque sabía muy poco. Hoy las hago porque sé demasiado”. Genial lección sobre lo simple como un proceso, un estado al que llegas luego de nadar contracorriente y aprender religiosamente a eliminar poco a poco lo superfluo.
En una de las mejores escenas de la película, Chanel enfrenta el mar por primera vez, solo para deslumbrarse con la ropa que utilizaban los pescadores. En ese instante, ella entiende que su intuición le decía lo correcto: lo simple no es miseria, es libertad. Una idea que en su momento fue motor de cambio...y que probablemente hoy sea el momento de que alguien la ponga en marcha nuevamente.