domingo 03 de enero del 2010 Columnistas
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Emilio Palacio epalacio@eluniverso.com

El mundo

Desde hace ya algún tiempo, Estados Unidos, el gran guardián que repartía las jerarquías en todo el planeta, está con artritis y requiere de ayuda. Sigue siendo la primera potencia mundial, pero ya no tiene la misma fuerza y no se alcanza para poner orden él solo en este mundo tan conflictivo. La derrota militar en Iraq y la quiebra económica del 2008 y 2009 lo colocaron como a esos boxeadores gigantescos y musculosos a los que de pronto un golpe casual los deja con un ojo negro y no saben bien cómo moverse ni hacia dónde pegar.

Muchos gobiernos ya se dieron cuenta y le empiezan a pasar factura. Rusia le exige a la Casa Blanca que no intervenga en sus conflictos fronterizos y en cambio se le quiere meter de nuevo en América Latina. China le roba descaradamente puestos de empleo, inversiones y mercados. Corea del Norte e Irán lo amenazan con fabricar sus propias bombas atómicas. Y en América Latina, Chávez, Correa y Morales agravian a sus embajadores sin importarles las consecuencias.

Cuando Roma cayó, el mundo se sumergió en un periodo muy negro. No fue la democracia la que reemplazó al imperio, sino gobiernos bárbaros, semisalvajes, que deploraban la cultura romana, su filosofía, el arte y el derecho. Preferían una buena comilona después de arrasar y quemar un par de pueblitos campesinos.

Pero visto en perspectiva, la caída de Roma fue, a la larga, una bendición. Si ese poder estatal inmenso no hubiese desaparecido, la humanidad no habría descubierto al individuo, y por tanto no existirían ni la ciencia, ni la democracia formal, ni el comercio libre. Todavía mandarían los emperadores.

Es muy posible que con el debilitamiento de Estados Unidos (que por supuesto no es ni de lejos comparable con la caída de Roma) ocurra algo hasta cierto punto similar, y que al inicio entremos en una época oscurantista. Al menos es lo que se percibe por ahora. La gran potencia da un paso atrás, pero no para que avancen las democracias sino los gobiernos autoritarios y gritones, desde Berlusconni en Italia hasta Chávez en Venezuela, desde Ahmanideyad en Irán hasta Correa en Ecuador.

Si antes los embajadores norteamericanos eran a veces los virreyes en esos países, ahora los nuevos bárbaros aspiran a reemplazarlos y convertirse ellos en los mandamases.

Si todo esto es cierto, el 2010 será un año de mucho desorden. Algunos gobiernos bárbaros caerán, pero quizás los reemplacen otros. Quizás no seamos nosotros los que veamos cómo se recompone el mundo bajo otros parámetros más justos y democráticos sino que esa dicha les tocará a nuestros hijos, o a nuestros nietos. Pero eso no nos exime de la obligación de remar en esa dirección. Entre otras razones, porque las excepciones existen, y quién sabe, quizás, este pequeño país se halle entre los primeros que avancen hacia un nuevo orden más democrático y equitativo.

¿Demasiado optimismo? Y qué esperaban, si hoy comienza un nuevo año y nos toca a todos mirar hacia adelante con esperanza y con fe.

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