- DIC. 15, 2009 - Foto - Salud - EL UNIVERSO
NUEVA YORK, Estados Unidos. El procedimiento que busca combatir el cáncer cerebral aplicando medicamentos de quimioterapia en la corteza cerebral se realizó en un hospital de Nueva York.
Dennis Sugrue, de 50 años, fue el segundo paciente en el que se aplicó esta técnica.
El doctor Howard Riina ensartó un tubo delgado a través de un laberinto de arterias en el cerebro de Dennis Sugrue, viendo imágenes de rayos x en un monitor para seguir su progreso. En el sitio donde una operación anterior había retirado un tumor maligno inyectó una medicina llamada manitol y liberó una inundación del medicamento oncológico Avastin.
Médicos y enfermeras veían con atención, preocupados de que el Avastin pudiera causar inflamación cerebral, una hemorragia o apoplejía. Pero Sugrue salió ileso. Media hora después, despertó de la anestesia diciendo: “Más es mejor”, y deseando que le hubieran suministrado una dosis mayor.
Era un experimento. Sugrue, de 50 años, que trabaja para un fondo compensatorio y tiene dos hijos, formaba parte de un estudio para personas con glioblastoma –el mismo tipo de tumor cerebral que causó la muerte del senador Edward M. Kennedy en agosto pasado– y era apenas la segunda persona a la que se le rociaba Avastin directamente en el cerebro.
Hacer llegar las medicinas al cerebro siempre ha sido un desafío importante en el tratamiento de los tumores y otras enfermedades neurológicas, porque la barrera hematoencefálica, un sistema de defensa natural, mantiene fuera las medicinas. El estudio al que pertenece Sugrue, en Nueva York-Presbyterian/Weill Cornell, combina tecnologías antiguas para abrir la barrera y suministrar dosis extraordinariamente altas de Avastin directamente a estos tumores, sin empapar al resto del cerebro ni exponerlo a efectos colaterales.
El objetivo es encontrar mejores formas de tratar los glioblastomas. Pero la técnica también pudiera ser útil para metástasis cerebral, que quiere decir cáncer propagado de otras partes del cuerpo, como los senos o los pulmones. El mismo procedimiento también pudiera suministrar otras medicinas y eventualmente ser usado para tratar padecimientos neurológicos, como esclerosis múltiple o mal de Parkinson, si se desarrollan las terapias adecuadas.
El sistema de defensa que los médicos están tratando de eludir evolucionó para mantener fuera las toxinas y los microbios. Consiste en células que recubren las paredes de los capilares en el cerebro y están tan densamente acomodados que muchas moléculas en el torrente sanguíneo no pueden deslizarse entre las células para llegar al propio tejido cerebral.
Pero ciertas medicinas, como el manitol, abren temporalmente la barrera y fueron usadas por primera vez hace más de 20 años para ayudar a otras medicinas a llegar al cerebro.
La nueva técnica refina el arte de abrir la barrera: usa microcatéteres –tubos finos y altamente flexibles que se insertan en una arteria en la ingle y luego en diminutos vasos sanguíneos casi en cualquier lugar del cerebro– para rociar la quimioterapia directamente en los tumores o áreas de las cuales han sido removidos. Los catéteres se usan normalmente para suministrar medicinas en la disolución de coágulos al cerebro para tratar las apoplejías.
“Esto alterará sustancialmente la forma en que la quimioterapia sea suministrada en el futuro”, dijo el doctor John Boockvar, neurocirujano que ideó el ensayo. “Pero tenemos que probar que en ciertas dosis nadie resulta dañado”.
Refiriéndose a los pacientes de glioblastoma, Riina dijo: “Todos están buscando algo que se pueda hacer. Aún cuando a alguien se le extienda la vida solo un año, eso pudiera ser una boda o una graduación”.
El estudio, que empezó en agosto, sigue en su fase inicial, lo que significa que su objetivo es medir la seguridad, no la eficacia, para descubrir si es seguro rociar Avastin directamente en las arterias y en qué dosis. Sin embargo, los médicos se sintieron complacidos cuando las imágenes de resonancia magnética de los primeros pacientes mostraron que el tratamiento parecía borrar cualquier signo de glioblastomas recurrentes. Pero falta ver cuánto tiempo dura el efecto.
Pese a una imagen de resonancia bonita, el primer paciente que fue tratado murió en octubre, de neumonía.
Se necesitan desesperadamente innovaciones para hacer progresos contra el glioblastoma, “uno de los tumores más mortales en los humanos”, dijo Russell Lonser, presidente de Neurocirugía en los Institutos Nacionales de Salud. “Este es un muy buen principio. Los primeros datos son interesantes y emocionantes”, añadió.
La complejidad de un estudio como este va más allá de la ciencia. Los ensayos clínicos también son un pacto complicado, emocional y ético, entre pacientes desesperados y médicos que deben equilibrar su ambición como investigadores contra su deber de clínicos, y deben caminar sobre una línea delgada entre ofrecer demasiada esperanza y no suficiente.
“Les digo a los pacientes: Voy a tratar de curarlos, pero hasta ahora el glioblastoma es incurable. Ahora puedo decir que al menos tengo un sistema para suministrarla”. Con los pacientes, Boockvar trata de ser honesto y no robarles toda esperanza. Conoce el precio emocional de un diagnóstico de cáncer: Su padre tuvo leucemia y murió después de 8 años.