Los ecuatorianos somos seres especiales: nunca dejamos de ser libres o por lo menos de creernos libres; ningún gobierno pudo encadenarnos y las dictaduras siempre terminaron capitulando. Ecuador no ama a los “libertadores” de turno: los recibe, los estudia, los tolera y al final los coloca donde siempre debieron estar. No interiorizamos que la autoridad se creó para ordenar y mandar. No somos amigos de yugos, encomiendas ni recomiendas; cargamos a cuestas cierta rebeldía congénita; quizá porque de niños percibimos en el rostro el viento gélido de nuestra serranía que no tiene dueño ni rinde cuentas; tal vez porque la cercanía del mar nos habló de la libertad de las olas que no requieren de consensos humanos; quizá también porque la pujanza de nuestro Oriente nos hizo amos y señores de la selva o porque en la lejanía de nuestras islas nos sentimos más libres que nunca, aptos para construir nuestras propias vidas sin otra atadura que los linderos de nuestros sueños. Es verdad que el entorno forja al hombre, que las circunstancias nos personifican.
Encauzar la rebeldía hasta convertirla en fuerza creadora; hacer de la fiereza un instrumento de conquista personal; entender, finalmente, que los pueblos no pueden crecer de espaldas a la norma, es un reto permanente. La serenidad, sabiduría y ponderación de los gobernantes crean gente apta para el buen vivir.
En estos días he disfrutado junto a cucubes, loros, torcazas, palomas terreras, colibríes, tilingos y horneros; estos pájaros son ya mis compañeros de ruta. Les cuento que los tilingos no son amigos de las playas, al menos no de Salinas; extrañaba su canto chillón y bullanguero que inunda las mañanas y tardes de Guayaquil. Hace algo más de un año llegó una pareja de tilingos a la casa de la Milina, ahora ya son tres, han crecido. Los tilingos gustan de apegarse a los vidrios, de espejarse en los cristales y de picotear de manera insistente su figura; no sé si quieren acariciar o espantar al pájaro que ven delante; esta rutina es diaria, igual en Guayaquil como en Salinas. Los picotazos se ponen de moda.
Lo nuevo, para mí, es haber sido testigo de la construcción de un nido de amor, por una parejita de horneros. Es un nido de barro, hecho con paciencia, en múltiples viajes, sólido, para toda la vida. Lo construyen en lo alto de un árbol donde las ramas se bifurcan. Me viene a la mente ese pensamiento: “En lo que más se diferencian los pájaros del ser humano es en su capacidad de construir pero dejando el paisaje como estaba” (Robert Lynnd, Irlanda). Los horneros creo que aprovecharon esta época porque disponen de abundante lodo, pues son tiempos en los que las “embarradas” abundan. Los horneros no cambian de pareja, son monógamos, quizá por esto juntos construyen un nido “para siempre”, un espacio dónde hacer frente a lluvias y sequías.
Las aves del cielo nos invitan al ejercicio de nuestra libertad; al trabajo con libertad; a vivir como personas libres las veinticuatro horas del día.