Domingo 22 de noviembre del 2009 Comunidad

Damnificados durmieron a la intemperie

Luis Alvarado

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El desasosiego se ha instalado en el rostro de Martha Ruiz, víctima del incendio en Esmeraldas Chiquito, el viernes pasado. Damnificados permanecen en albergues.

El silencio de la madrugada de ayer contrastaba con el llanto, los gritos de desesperación y el sonido ensordecedor de las sirenas que se escucharon un día antes, durante el incendio que consumió 106 casas en la cooperativa Esmeraldas Chiquito, al sur de Guayaquil.

Solo los ladridos de los perros y el delicado silbido del viento cobijaron a las familias que pasaron el viernes su primera noche entre los escombros.

No quieren abandonar lo que consideran suyo desde hace casi diez años, su terreno, que aunque rellenado con material poco compacto y aún sin escritura pública, dicen que lo defenderán “contra todo y contra todos”. “Lo que ocurre es que ya hay personas que, sin ser dueñas de nada ni haber vivido aquí, se están haciendo apuntar para recibir lo que prometieron las autoridades”, explicó Martha Ruiz, quien ayer permanecía bajo una carpa que sus vecinos le instalaron para pernoctar en medio de la nada.

Ella era la única mujer en el grupo. Todos dormían en colchones que habían logrado rescatar antes de que sus casas se quemaran o en los que gente caritativa les prestó para dormir. Vistiendo con ropa gruesa, también regalada, le hacían frente a la brisa fría que empujaba hacia ellos el estero Salado. “Esa es la ley del pobre, pasar frío luego de una tragedia”, dijo Walter Navarrete, un hombre de aproximadamente 60 años, mientras se arropaba con una colcha. “Ya soportamos el fuego, también creo que podemos aguantar el frío”, agregó.

De los momentos de angustia que vivieron durante más de tres horas prefieren no acordarse, aunque aseguran que esas escenas permanecerán en su memoria toda la vida.

A unos cien metros dormían en el suelo Miriam Pérez Padilla y Beatriz Ayala Nazareno, quienes también perdieron sus casas en el fuego. Junto con ellas dormía Jacqueline Soriano, quien pese a tener su casa en buen estado prefirió acompañar a sus amigas y vecinas.

“Lo que ocurre es que tuve que prestar mi casa para que los perjudicados guarden las pocas cosas que alcanzaron a salvar y para que duerman más de diez niños”, manifestó Soriano. Ayala dormía profundamente y pese a que Miriam Pérez conversaba no se movía.

“No habíamos dormido nada y recién hoy (ayer) logramos conciliar el sueño”, indicó Pérez mientras Say Gallón Ortiz caminaba de un lado hacia otro y mirando hacia el cielo, sin encontrar alguna explicación a la desgracia que su esposa y sus cinco hijos sufrieron “en vivo y en directo”, pues él recién se enteró de lo que había ocurrido a las 10:00 de ayer”.

Gallón estaba trabajando en una camaronera en un sector alejado de la isla Puná cuando ocurrió el incendio. “Al día siguiente alguien me dijo que mi casa se había quemado, pensé que solo se trataba de la mía, pero al llegar a Guayaquil me di cuenta de la realidad”. Say Gallón tuvo que viajar más de siete horas para llegar a su casa y constatar la desgracia.

Primero tomó una camioneta dentro de la camaronera y luego varias lanchas en las que hizo trasbordo. “Recién a las 20:00 llegué y gracias a Dios mi familia está bien”, sostuvo mientras se unía al grupo de Martha Ruiz y Walter Navarrete, dentro de la carpa.

Cuando se alistaban para dormir, las luces y el sonido de un auto los interrumpió. Desde el vehículo descendieron varios miembros de la familia Manjarrés Parreño, entre ellos niños y mujeres, con ropa para regalar a adultos y menores.

Joffre Manjarrés explicó que sus familiares realizaron una colecta y llenaron la cajuela del auto con ropa en buen estado. “Y decidimos venir a ayudar en algo a las personas que perdieron todo en el incendio”. Del donativo salió beneficiado Say Gallón y también sus cinco hijos menores de edad.

La familia caritativa recorrió el sitio de la tragedia en busca de los perjudicados, algunos  dormían encima de los escombros o usando las planchas de zinc chamuscadas como paredes para evitar el viento frío. “Solo esperamos que esta situación cambie con los ofrecimientos de las autoridades, Dios quiera que en realidad ocurra antes de Navidad”, dijo una mujer sin descubrir su rostro cobijado por una sábana.

Pocos perjudicados permanecieron en el albergue de las calles Gómez Rendón y Lizardo García, mientras que en del Batallón del Ejército, en el suburbio oeste, no había llegado ninguna familia afectada la noche del viernes pasado.

Apuntes: Solidaridad
Para ayudar
Acuda a la cooperativa Esmeraldas Chiquito, sector Malvinas. También puede llamar al 232-7900 de la Cruz Roja y al 289-1811 de la Defensa Civil para donar.

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