domingo 22 de noviembre del 2009 Columnistas
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Bernard Fougéres bernardf@telconet.net

Cuando todo se viene abajo

Aquella desconocida escribió carta con bolígrafo, algo insólito a la hora del correo electrónico, hoja de cuaderno escolar metida en  sobre ajado que dejó en la portería del edificio donde vivo. No la vi, no hablé con ella, pedía  solamente que leyera su misiva. La escritura luce fallas ortográficas, mas el tono intenso, los sentimientos expresados con énfasis me dejan como analfabeto encerrado en una columna  buchipluma.

Mataron a su esposo de seis puñaladas, su hermano tiene VIH, el cuerpo lleno de manchas según cuenta ella. Para rematar el panorama, está embarazada de su tercer hijo. Pide trabajo: solo le puedo ofrecer dinero, casi un desprecio por ser falsa solución al problema de fondo. Ignoro si lee mi columna, si la puedo alcanzar; no dejó dirección, teléfono, nada. No sé qué hacer, debo inventar algo, tal vez darle un abrazo, invitarla a comer para conversar. Termina su carta diciéndome: “Yo sé que usted no me va a juzgar”. Y cuando escribe “alludar” en vez de ayudar, se me rompe el corazón en mil pedazos. Empiezo a tener de la cultura un concepto algo disidente.

El primer reflejo es sacar mugrosos billetes, firmar un cheque al portador, resolver así el asunto. Creemos ser buenos: somos cómodos. Es todo el sistema que está enfermo, ella es  simple eslabón de la monstruosa cadena. No logré descifrar su nombre, su apellido, siendo envuelta la firma en un montón de rubros que suelen usar las personas que se defienden de algo, pretenden protegerse.

No me siento culpable por andar en un carro climatizado ni tampoco por tener comida cada día en mi mesa, más bien estoy cabreado por esta forma que tiene el destino de hacer tiro al blanco en un ser indefenso que cruza mi vida, desparece sin dejar huellas como diciéndome “Gracias de todos modos” cuando nada pude hacer. Son miles.

Me aferro a la necesidad de una divinidad cualquiera. No es que debe de haber sino que debe haber un ser supremo, el que, tarde o temprano, pondrá las cosas en su sitio. Por algo será que tuvimos a Beethoven, a Bach, a Mozart, a Da Vinci, a la Madre Teresa, a Gandhi, a Martín Luther King, a los cristos anónimos de La Trinitaria o del Guasmo. Recuerdo a este niño que blandía en el basurero del pueblito de Samborondón una lata abombada de fréjoles con espeluznante fecha de expiración, me regaló su sonrisa de ángel mugroso. Cuando todo se viene abajo nos agarramos de un Gucci, de un Rolex  nos imaginamos bacanes. Cuando un amor aparentemente indestructible se hace trizas, cuando apostamos todo en la ternura mas nos deja tirados en plena noche al pie de un farol, cuando estamos tan solos que ni siquiera nuestra sombra nos acompaña, cuando aceleramos la vida hasta el vértigo para terminar de una vez estrellados en un abismo cualquiera, desafiemos el destino, levantémonos, peleemos hasta las últimas consecuencias. Señora, la de la carta, haga el milagro de aparecer, necesito de usted. El mendigo soy yo. La necesito.

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